sábado, 4 de agosto de 2018

Amor en la oscuridad (Primeros capítulos. Resto en Amazon)


A mi primer amor,
porque esta historia la escribí para ella y prometí dedicársela.












1

La clase de matemáticas era un completo aburrimiento, en vez de multiplicarse los números parecían multiplicarse las horas. Los ojos de Blas se cansaban de mirar a la pizarra. No era buen día para soportar senos y cosenos; él solo entendía de los primeros, en clase de anatomía callejera, fuera del aula (y solo la teoría). Se le abría la boca, y no dejaba de dar golpecitos al cuaderno con el bolígrafo, el mismo con que minutos antes, había dibujado a la profesora. Un óvalo hizo de cara, al que añadió dos diminutos puntos como ojos y un triángulo para la nariz; dos círculos asimétricos para los pechos (con el mismo pulso que el de un anciano de ochenta años), y cuatro palos: los dos brazos y las dos piernas. Unos pocos caracoles para el cabello y… Listo, ya tenía un bonito recuerdo de su profe de matacras. Añadió un bocadillo de cómic donde, con letras grandes, escribió:
            “CON TUS SUMAS Y ECUACIONES SE ME DUERMEN LOS COJONES. X+Y= ZUMBA QUE TE DALE”.
            Le enseñó la creación a su compañero de mesa, a quien se le escapó una pedorreta por intentar contener la risa. Se hizo un silencio sepulcral. La profesora ridiculizada en el papel se detuvo; sus dedos se manchaban de polvillo mientras sostenía una tiza. Carraspeó y continuó.
            —Casi nos caza, tío —dijo el pedorro.
            —No se empana de nada. No problem.
             El timbre sonó. El infierno numérico llegó a su fin.


2  

Turno de las artes marciales. Adiós, Mates; hola por siempre, Taekwondo. Todos los lunes, miércoles y jueves, veinte universitarios (quince chicos y cinco chicas) salían de clase a empujones para dirigirse al gimnasio. Apenas daban tiempo a terminar de sonar el timbre.
Se levantó un chico de la primera fila al que conocían por Chiqui. Se llamaba igual que su abuelo, por ello le pusieron ese apodo y así poder diferenciarlo. El anciano ya no vivía, pero cambiarse de nombre cada dos por tres no estaba entre sus planes, así que seguiría siendo Chiqui para siempre. Chiqui o «cabrón de mierda», como algunos envidiosos se referían a él. Era el mejor en artes marciales, el más guapo y el único a quien las chicas comían con la vista mientras se derretían como mantequilla. Su mirada levantaba pasiones. Llevaba el cabello largo, una raya negra en cada párpado, la cara teñida de blanco y un piercing en el labio inferior. Muy mono, pero eran sus ojos quienes causaban tanta rabia en el sector masculino; por el contrario, las chicas ansiaban verlo.
            —Míralas… ¡Ya están babeando! —rugió Blas—. Es que todas, ¿eh? Joder. — Chiqui recorría el aula en dirección a la salida, aunque parecía caminar por la alfombra roja: todas a su alrededor le abrían paso. Una vez que las dejaba atrás, estas se daban la vuelta para mirarlo (el trasero también valía) —. Tengo ganas de potar —volvió a decir Blas, metiéndose los dedos en la boca para simular una arcada.
            El envidiado llegó al final, donde le esperaba su chica. A las otras les daba igual que tuviese novia, decían que por mirar no hacían nada malo. Bueno, agrandaban la úlcera de estómago de los demás chicos, les hacían blasfemar, irritarse, sentirse una mierda que viste y calza y tener que contenerse para no partirle la boca al gótico odiado; por lo demás, nada malo.
            —Nos vemos después del entrenamiento —le dijo Chiqui a Estela, su novia.
            —Sí.
            Se dieron un beso. Él se fue a clase de Taekwondo y ella a su casa.
            —Ay, qué besito más rico —volvió a decir el protestón, en tono de burla—. Quiero potar, definitivamente.
            —Pues hazlo y cállate, ¡cansino! —respondió su compañero—. Jamás serás como él. No tendrás su cara, ni su pelo, ni su culo; ni mucho menos sus ojos… Ríndete. No puedes hacer nada.
            Eso ya lo veremos.


3

Convertir un gimnasio en un templo de artes marciales lleva su tiempo. El maestro —un coreano a punto de cumplir los sesenta años— miraba cómo sus discípulos más veteranos cubrían el suelo con una colchoneta azul de 4cm de grosor; después, colocaban la bandera de Corea y Japón en lo alto de una de las espalderas y forraban con otra colchoneta cada una de las cuatro columnas, de tal forma que pudieran golpearlas sin partirse ni el empeine ni los nudillos. Así todos los lunes, miércoles y jueves. Los demás días, el gimnasio se utilizaba para hacer pesas, aerobic y gimnasia para maduritas. 
            Chiqui siempre realizaba el mismo ritual antes de pisar el gimnasio. Se colocaba una cinta negra para sujetar el cabello. Años atrás era de color militar, y todos le decían que parecía John Rambo, solo que el muchacho dejaba claro con sus patadas que sí sentía las piernas… Cuando se examinó para hacerse con el cinturón marrón, la cambió para añadir una pieza oscura más a su vestimenta, y también como símbolo al cinturón que ansiaba. Blas y Hugo (el pedorro) no tenían cinta, ni tampoco cabello que sujetar. Lo llevaban rapado, y en su cabeza solamente se veía una capa grisácea, igual que una barba de dos días.
            Chiqui se inclinó para saludar a la bandera, con los pies juntos y la mano derecha en el corazón; luego comenzó a calentar. A Blas no le hacía falta, ya entraba bastante caliente con su dosis de rabia habitual; Hugo sí, con unos cuantos estiramientos.
            —Un día de estos le partiré las piernas —le dijo Blas a Hugo, dándose pausados puñetazos en la mano izquierda.
            —Mucha suerte —respondió. Se preparaba para hacer flexiones. Chiqui entrenaba por su cuenta.
            —¿Es que tú no tienes ganas de acabar con él? —insistió Blas sin dejar de mirar a su enemigo.
            —Sí —afirmó—; pero hoy por hoy sé que me es imposible.
            —¿Por qué?
            —Porque si me arrea un puñetazo en la boca, estaré tragándome dientes hasta Navidad, y le tengo muchísimo cariño a mis empastes. —Tenía fatiga.
            —Eres un cagao de mierda… —Volvió a golpearse la mano izquierda.
            —Soy realista. Es el mejor, no lo des más vueltas.
            —¡Incierto! —bramó—. Lo aplastaré. ¡Sus costillas sonarán como si pisase a una cucaracha! —Mordió su labio inferior mientras se daba más puñetazos en la mano. Hugo paró de hacer flexiones y, mientras se secaba el sudor, añadió:
            —Cuando te vea mejorar, yo mismo te ayudaré a aplastarlo —afirmó—; pero a día de hoy no podremos.
            —¿Cómo que no? ¡Ahora mismo! —gritó y se encaminó hacia Chiqui.
            —¡Eh, tú, maricona! —le dijo. El aludido no dejaba de hacer abdominales—. Te estoy hablando a ti, payaso. ¡Mírame! —Chiqui contaba hasta diez en coreano: Hana, dul, set, net, dasot, yosot, il gop, yudop, ahop, yeol. Una vez terminados los diez primeros, contó otros diez. Blas se irritaba—. ¡Mírame! —Esta vez, Chiqui le hizo caso y se detuvo. Flexionó las piernas, dejó los antebrazos apoyados en las rodillas y giró la cabeza. Lo miraba con aire distante—. Sabes que tengo muchas ganas de darte dos hostias, ¿verdad? —Volvió a golpearse la mano—. ¡Levántate! —El aludido reanudó las abdominales, lo que hizo enfurecer más a su atacante. Se ruborizó de ira; parecía que se le iban a salir sus ojos saltones—. ¡Eres un marica! —Le salpicó de babas al gritar—. Te crees muy guapo por llevar los ojos pintados. ¿También te pintas las pelotas?
            —Claro que sí —respondió, volviendo a copiar el gesto de antes, sin quitarle de encima la vista que tanta envidia le provocaba. Blas se sorprendió. Su boca se cerró al instante—. Y la punta del capullo. ¿No te lo ha dicho tu madre?
            El rostro de Blas comenzó a hacer muecas de desagrado, en un tono tan rojo como el punto céntrico de la bandera que tenía a su espalda. Le sudaba la frente y sus ojos lagrimeaban llevados por la ira, pero dando la sensación de estar soportando el fuego que genera una comida picante.
            —¡Te mataré, hijo de puta! —gritó y dirigió un derechazo al rostro de Chiqui, quien se retiró y dejó que su agresor aterrizara contra la columna acolchada—. Ugg… —Bramó Blas. Se giró y miró a su rival—. ¡He dicho que te mataré, cabrón de mierda! —Corrió hacia él con los brazos abiertos en cruz. Chiqui le frenó extendiendo la mano, contra la que chocó el apresurado envidioso. Los pelos de la barba rasparon la tensa palma mientras el mentón de Blas ascendía perdiendo el equilibrio. Cayó de espaldas. Desde el suelo soltó una patada frontal con todas sus fuerzas. Su envidiado enemigo se encogió al sentir un pinchazo en la rodilla, momento en que el encolerizado del suelo aprovechó para patearle la cabeza. A Chiqui le retumbó el cráneo; sintió como si el cerebro se desplazase momentáneamente para después regresar a su lugar. Los dedos de las manos se le quedaron adormecidos, como con estrellitas de picor recorriendo cada uno de los huesecillos; pero aún había más: el suelo del gimnasio dejó de ser azul cielo para convertirse en una nube blanquecina, borrosa. Parpadeó varias veces y el resultado seguía siendo el mismo. Se miró las manos, donde vio una lánguida capa de piel obnubilada. Se asustó—. ¡Te voy a pulverizar, maricona! —Antes de que el puño de Blas impactase contra Chiqui, cinco dedos lo agarraron, inmovilizándolo sin opción de escape. El atacante miró a su maestro, quien sin quitarle sus entrecerrados ojos de encima, le apretaba la mano con todas sus fuerzas.
            —No pelea —anunció sin cambiar un gesto en su amarillenta tez. El chico insistía en mover el brazo, pero le era imposible. Cuando el maestro lo soltó, el muchacho se vio vencido por su propio peso, trastabillando. Chiqui miró al instructor. Primero lo vio como una fina línea, después fue tomando forma y de lo borroso pasó a la clara nitidez. Volvió a parpadear y se frotó los ojos. Echó un vistazo alrededor y lo vio todo con claridad. Su vista estaba perfecta—. ¡Kyongne! —les gritó a los dos alumnos. Quería que saludaran, y así lo hicieron—. Solo peleal en combate —volvió a decir—. Seguil con entleno
            Se fue.
            —Mañana te reventaré en el combate —amenazó Blas.


4

A las 21:47min, después de caminar media hora para regresar a casa, Chiqui abría la puerta. Vivía solo, en una casita alejada del barrio que heredó de su abuelo, con quien se crio desde bien pequeño. No tenía calefacción ni agua caliente; estaba acostumbrado a ducharse con agua fría, pero solo soportaba la tortura por las mañanas y las noches de los martes, viernes y fines de semana, ya que los demás días aprovechaba la ducha del gimnasio. Antes de acostarse salía a recoger troncos para hacer una buena lumbre con la que pasar horas leyendo, siempre arropado por el crepitar del fuego.
            Estela le hacía compañía por las tardes, y había días que se quedaba a dormir con él. Tenía un cuarto de baño pequeño, y el comedor, la cocina y la cama en la misma habitación. Un televisor de los primeros de cuando se inventó el color, pero que no utilizaba. No le interesaba la vida de nadie, y eso era lo único que contaba la pequeña caja de imágenes. Prefería usar la imaginación, devorar páginas y ser partícipe de las historias que leía.
            En un rincón conservaba el wooden dummy* de su abuelo (donde su chica colgó el abrigo el primer día al confundirlo con un ropero). Todas las noches entrenaba con él, sin excepción. A veces Estela se despertaba de madrugada y le veía golpearlo. Lo miraba desde la cama, aunque se hiciese la dormida y él pensara que ya podía pasar un camión por encima de ella que no se iba a enterar.
            Dicho así, Chiqui parecía vivir en la pobreza, no tener apenas nada; sin embargo, lo tenía todo. Tenía una novia que le quería y no necesitaba más.  Era feliz.
—Ya estoy en casa —le dijo a su niña (como él la llamaba). Era miércoles, y eso significaba pasar la noche juntos.
Ella se acercó a besarlo; él la rodeó con sus brazos.
—La cena está lista, cari.
—Genial —respondió y la besó una vez más.



5

            —¿Qué tal el entrenamiento? —preguntó Estela mientras cenaban. Le apartó el cabello de la cara para que no le cayesen pelos en el plato, y además, para verlo mejor—. Así estás más guapo. —Le besó en la mejilla.
            —El imbécil de Blas ha vuelto a las suyas —respondió Chiqui. Le dio a su chica una patata frita con kétchup; ella abrió la boca y mordió.
            —¿Otra vez?
—Así es.
            —Te tiene envidia, cariño.
            —Lo sé.—Untó otra patata en la salsa—, pero no va a cambiar nunca. Su rabia no se lo permite. —Volvió a ofrecerle comida a su chica, quien una vez más, abrió la boca para recibirla.
            —Peor para él —contestó mientras masticaba—. ¿Me das otra patata?
            —Solo si me das un beso.
            Estela rio.
            —Vale. Hecho. —Se apartó la melena oscura de la cara y le besó—. Ahora ya puedes darme la patata.


*Muñeco de madera que se utiliza para entrenar.


Chiqui negó con la cabeza.
            —Eso solo ha sido medio beso. Se puede mejorar.
            Ella volvió a reír.
            —Qué morro tienes…
            »Muy bien —añadió—. Prepárate. —Se incorporó y se acercó a él. Lo miró con fijeza varios segundos, al mismo tiempo que se humedecía los labios; después, se trenzó el cabello con sus propias manos y lo echó hacia un lado. Rodeó el cuello de su chico con los brazos, y entonces le comenzó a besar, moviendo la boca lenta y despaciosamente—. ¿Qué tal ahora? ¿Ha sido mejor? —le preguntó mirándole los labios. Chiqui colocó sus manos en la parte baja de las caderas de Estela.
            —Sí —afirmó—, mucho mejor.  Ahora es mi turno.
            Los achicados y negros ojos de Estela se abrieron.
            —Uy… Te temo.
            —Yo a ti te amo.
            Las patatas quedaron frías.

           

6
           

Chiqui le quitó la camiseta a su chica y la tumbó sobre la cama. Empezó a recorrer su cuerpo con pequeños besos pasionales. Ella le abrazaba y acariciaba a la vez, deslizando las suaves manos por su espalda.
            —Abrázame, mi amor —le dijo Estela.
            Él obedeció y así lo hizo. Eso y muchas más cosas de adultos en el cuerpo de dos adolescentes.




7


Cuando terminaron de hacer el amor, ambos se abrazaron. Estela siempre se recostaba sobre el pecho de Chiqui y él la acariciaba. Volvieron a hacerlo así, y ya podían pasar horas que ninguno de los dos se enteraba del avance del tiempo.
            —¿Ya no quieres más patatas? —preguntó él. A ella le dio un ataque de risa.
            —Qué bobo eres —dijo riendo—. Pero me encantas. —Lo besó.
            —¿Mucho?
            —Mucho —Volvió a besarlo—. ¿Sabes cuánto es mucho?
            —¿Con cada respuesta me darás un beso? —preguntó, ilusionado.
            —No sé… —Ella sonreía—. Prueba a ver.
            —¿Todo esto? —Extendió los brazos en su totalidad para simular algo grande.
            —Muchísimo más.
            Volvió a besarlo. Él la peinó con sus propias manos. Estela tenía la carne de gallina. Sentía una sensación placentera y relajante.
            —Listo —anunció Chiqui. Ella se dio la vuelta, le empujó contra la cama y le dio un beso.
            —Cada día te amo más —anunció.
            —¿Si te pregunto cuánto me amas me darás más besos con cada respuesta?
            Estela volvió a reír. Fue él quien la besó.



8


Durante la noche, cuando hasta el ulular del viento descansaba en silencio, paralizado en su propia y gélida función, el ventanuco de la casa fue presa de una capa de hielo que crecía y empañaba el cristal con un vaho blanquecino. Tras él, una composición abstracta parecía soplarlo, dejando un círculo en mitad del marco de madera. Era como si una boca expulsase su cálido aliento por fuera de la vivienda. Poco a poco el redondel de vapor fue descomponiéndose, desligándose en dos partes rebeldes, dejando dos pequeñas circunferencias transparentes, igual que las concavidades vacías de una calavera, pero al mismo tiempo, llenas de vida invisible. Parecían dos ojos intentando captar lo que ocurría en el interior, o tal vez, presenciar lo que iba a ocurrir.
            El wooden dummy se giró hacia un lado. Su cuerpo de madera sonó como el irritante pitido que emite una tiza al frenarse contra una pizarra; después —aunque con un sonido más apagado— hizo lo mismo al volver a su posición de reposo, momento en que los dos ojos de la ventana se agrandaron entre un pausado chiflido contra el cristal, igual que si un niño estuviese ahogando la boquilla de un globo, abriéndola para soltar un poco de aire y, acto seguido, cerrándola para retener la vida de su interior.
            El fuego amplió su llama, emitiendo el fogonazo característico y el “flu-úf” de una caldera de gas al arrancar. Al escucharlo, el muñeco de madera quiso prestarlo atención, girando hacia la lumbre. En su cilíndrico cuerpo tintineaba la luz del calor y lo hacía resplandecer como si estuviera bañado con barniz. Copiaba la función de una pantalla proyectando diapositivas; en esta realidad, las llamas gesticulaban formando desfigurados cuerpos en una beligerante lucha. Las tonalidades —más agresivas en cuanto a calidez— se retorcían en un doloroso crepitar, como si se estuviesen machacando en continuos embistes.
            Chiqui se incorporó sobresaltado. No sabía explicar por qué o qué le había hecho ponerse en guardia. El creciente fuego captó su atención, aunque no vio nada fuera de lo normal, tan solo llamas. Alborotadas, en rebeldía, pero solo era un fuego. Sin embargo, algo le hizo fijarse en el wooden dummy. Al igual que con la chimenea, la luz del muñeco no le decía nada. No obstante, se levantó para verlo más de cerca. Algo, llamado “x” —como en las ecuaciones de las que tanto se burlaba Blas— requería de su presencia.
            Se fue acercando a él con cautela. Seguía sin saber por qué. Todo lo raro tenía un “por qué”. Por qué se había despertado con tanta brusquedad, por qué caminaba con prudencia en su propia casa cuando la puerta estaba cerrada y en el interior solo se hallaban su chica y él. ¿Por qué?
            —¿Por qué me mira un tronco que jamás ha tenido ojos? —Se lo preguntaba porque así era. El muñeco, aquello con lo que siempre había entrenado desde que su abuelo se lo regaló y le enseñó golpes de Kung fú, de repente tenía vida propia. Estaba vivo. Pinocho no era solo un cuento de niños. Chiqui tenía delante de sus ojos un pedazo de madera con vida—. ¿Qué pasa aquí?
            Los brazos del muñeco empezaron a girar. Primero muy despacio, como la rueda de una bicicleta que va reduciendo su velocidad, pero a la inversa; después, más rápido, lo que en vez de parecer brazos de un wooden dummy, parecía una ruleta de casino.
            Todo rojo, Chiqui.
            —¿Eh? —No comprendía.
            El rojo de la sangre.
            Lo escuchaba. Tampoco sabía de dónde ni quién se lo decía. Se resistía a pensar que pudiera hacerlo un pedazo de madera.
            Todo negro.
            —¡¿De qué cojones me estás hablando?! —vociferó. Le protestaba al muñeco, o tal vez a esa ruleta veloz que le mandaba apostarlo todo al rojo y después al negro.
            El negro de la oscuridad.
            La habitación oscureció. Todo quedó en penumbra hasta que el oscuro silencio se vio interrumpido por un nuevo fogonazo: “flu-úf”. Las llamas crecieron hasta alcanzar la altura del pecho de Chiqui, lo que suponía un metro cuarenta de alto. El muñeco de madera descansaba oculto entre la negrura; el fuego solo dejaba visible los dos ojos del ventanuco, en los mismos que, achicándose un puntito diminuto, como una pupila cuando le llega luz, empujaron a la claridad un asombroso redondel resplandeciente, en donde unos números —de esa ruleta de todo al rojo y todo al negro— bailoteaban por el vacío del cristal como arañas correteando por su propia tela.
            18… 12…15
            —APUESTA AL ROJO, CHIQUI. EL NEGRO LO TIENES ASEGURADO— La voz llegó del muñeco, a quien el chico no veía pero del que podía sentir un agobiante aire, como un ventilador girando sin cesar.
            El fuego crepitó una vez más, provocando un estremecedor quejido. Se formaron figuras. Luchaban. Sufrían. Gritaban.
            Un exceso de luz proveniente de la chimenea le hizo retirarse, yendo a parar contra el cristal de la ventana. En el vacío derecho afloró un 18; en el izquierdo un 12. Bajo ellos, formándose como si una mano invisible los escribiese en el vaho, y ante la atónita mirada de Chiqui, apareció un 2, luego un 0. Tras este un 1, y más tarde un 5.
            —18/12/2015.
            —TU PREMIO GORDO PARA MAÑANA.
            Al girarse para atender al wooden dummy, uno de sus brazos le golpeó de lleno en la cabeza.
            Chiqui despertó, de nuevo sobresaltado; pero esta vez, despertó de la pesadilla.



9
           
           
—¿Qué te pasa, mi amor? —preguntó Estela cuando lo escuchó gritar. Chiqui permanecía semisentado en la cama, con una mano en el pecho mientras el sudor invadía su torso desnudo. Su rostro —pálido como el de un muerto, sin necesidad de maquillaje— emitía muecas de esfuerzo, igual que si estuviera a punto de vomitar—. Cariño, ¿estás bien? —insistió a la vez que le acariciaba el hombro. Él se dio media vuelta para sentarse. Al apoyar los pies en el frío suelo, su cuerpo botó, sintiendo un pinchazo de lucidez en el cerebro. Volvía al mundo real.
            —Ha… —No podía hablar; su voz era un entrecortado susurro. Su gélido abdomen subía y bajaba, y lo hacía parecer un recipiente cuadrado de cubitos de hielo.
            Estela le abrazó por la espalda. Pudo notar en sus brazos el acelerado latido cardiaco de su chico retumbándole por todo el cuerpo.
            —Respira tranquilo —intentó tranquilizarlo—. Solo ha sido una pesadilla. —Apoyó la cabeza en el hombro derecho de su novio mientras le besaba en la mejilla; después, le revolvió el cabello con dulzura, añadiendo otro beso más en la nuca. Los ojos de Chiqui, abiertos como dos portones, enarcando las cejas para posteriormente parpadear con mucha fuerza, como si le costara ver con claridad, miraban el ventanuco, donde una perfecta capa helada cubría el cristal, nada más.  A continuación —a la vez que Estela le seguía acariciando— miró el fuego, en calma, con una vaga llama. El wooden dummy seguía en la posición que él lo había dejado la noche anterior después de haberlo golpeado.
            El joven se levantó. Estela se preocupaba al verlo así de nervioso.
            —¿Adónde vas? —le preguntó. Él, sin responder, se acercó a la ventana. A medida que lo hacía un frescor le iba atravesando el pecho, haciendo que las gotas de sudor que lo recorrían se congelaran y le hiciesen arroparse con sus propias manos. Cuando llegó se quedó mirando el cristal, escrutando con detalle la gélida capa que lo cubría. Su novia también se levantó—. Mi amor, me estás asustando —le dijo, intranquila. —Chiqui colocó su mano derecha en el cristal. La dejó un rato pegada a él; era como tocar la puerta de un congelador, completamente inofensivo. Tras retirarla, se acarició la yema de los dedos con el pulgar, como si tuviese una diminuta bola a la que dar forma en pequeños círculos—. ¿Qué hay ahí? —le preguntó ella. Él, sin responder, pasó la mano por la ventana, dejando en el cristal la huella de una gruesa curva. Veía un pobre reflejo de los dos, nada más.
            —Volvamos a la cama —dijo Chiqui sin dejar de mirar la ventana.
            —¿Seguro? ¿No te ocurre nada?
            La miró. Le colocó el pelo detrás de las orejas antes de besarla; después, añadió:
            —No. Solo ha sido un mal sueño.
            Volvieron a besarse, más tranquilos.  



10


El cristal de la ventana que aturdió tanto a Chiqui en el sueño, dejaba pasar un potente foco solar. Los ojos de Estela se quejaban de la luz, entre un bostezo insonoro y una mirada rápida a la parte vacía de la cama. Su chico no estaba allí, ni tampoco pegando al muñeco de madera. No escuchaba caer agua en la ducha. No estaba dentro de la casa.
            Se incorporó para mirar por la ventana. Cuando vio que estaba en el exterior, su preocupación se esfumó dando paso a una sonrisa. Chiqui hacía flexiones con los nudillos.
            —¿Sin camiseta en pleno mes de diciembre, chico duro? —le preguntó desde la puerta. Él dejó de hacer ejercicio para mirarla.
            —Y tú sin pantalones. —Ambos rieron.
            Estela vestía una camiseta holgada, tanto que cubría sus rodillas. Era de Chiqui, y siempre se la ponía para dormir cuando pasaba la noche con él.
            —Buenos días, princesa. —La besó mientras agarraba su cintura. Ella se arrimó más y le abrazó—. No te arrimes tanto que estoy sudado.
            —No importa. —Le dio otro beso.
            —Tengo que ducharme —dijo él, despegando los labios tan solo unos milímetros; el calor de los dos alientos se unía de la misma forma que se unían sus bocas con un beso pasional.
            —Cierto —respondió la muchacha—; y yo también. Pero… —Se detuvo. Le miró a los ojos, colocándole el cabello detrás de las orejas; después le miró los labios, y una vez más, a esos iris envidiados por los chicos y tan deseados por las chicas—. … Yo sola pasaré mucho frío, y no querrás que me resfríe, ¿verdad?
            Él rio.
            —Sentirás calor —respondió—. Te lo prometo.

Si quieres saber qué será de Chiqui y Estela, no lo pienses más y hazte con la novela aquí: 

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