viernes, 3 de marzo de 2017

La brújula de la vida



¿Por qué está dentro de todos los hombres la tristeza? (Ana María Matute. Pequeño teatro).

Un segundo contigo o toda la vida sin ti (Mikel Erentxun. Grandes éxitos). 

Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa (Mahatma Gandhi).



El camposanto de humanos es el vertedero de aquello de carne y hueso que una vez tuvo sentimientos. Dan igual los órganos, da igual lo que poseyeran o de lo que carecieran, el fin de la tierra de los muertos es recoger y ocultar lo que una vez estuvo vivo y sintió. Un vertedero de residuos no cuenta con nada que haya sentido en su corta o larga vida. Un juguete puede ser muy bonito a la vista: por sus colores, por su forma, por sus ojos si se trata de muñecos o peluches… Una maravilla, sí, pero no sienten. A un muñeco le partes una pierna y no grita; si lo pisas, no se queja, y si lo rompes o se rompe, se estropea o pierde, puedes reemplazarlo por otro igual. Quien lo siente es el niño, niña o adulto que lo quiere, no él. Por ello, el cementerio que lo recoge carece de sentimientos. Una vez allí, los ojos solo aprecian material inutilizable, nada más; y ese niño, niña o adulto que tanto lo quería, con los años, se olvida de él.

“Una vez tuve un payasito al que le apretaba la mano y sonreía, y una muñeca a la que peinaba todos los días. Tenía el mismo peinado que yo, y el mismo diseño de mis vestidos. La quería mucho”.

“La quería mucho”. La quería, ya no la quiero porque era una muñeca que con los años, con el avance de la vida,  dejó de existir. Queda en el recuerdo en un momento puntal, quizá para decirle a un niño que una vez su mamá la tuvo entre sus brazos cuando era pequeña. A esa y a una tal Nancy, y otra más llamada Barbie, y hasta una que parecía tan real que había que cuidarla como a un bebé, darle el bibe y cambiarle los pañales. Cuando se trata de darle el biberón a un bebé, cuidarle y cambiarle los pañales, ¿dónde queda el sentimiento hacia la muñeca? Completamente comprensible. ¿Por qué? Porque nunca pasará de ser, y haber sido, un juguete.

 En el cementerio de humanos, los habitantes dejan pena y dolor en el aire, dentro de hogares y de cuerpos vivos. Los familiares quieren morirse para estar con ellos, porque aunque pasen años y solo queden huesos, siguen siendo igual de importante e insustituibles. Algunos, en vida, fueron bellos por fuera: por su color, por su forma, por sus ojos…

Y, ¿por dentro? 



*****   


Se formó una especie de rayo sobre la tierra. Un símbolo semejante al de una raíz cuadrada separaba el suelo en dos mitades. Bajo este, empujando con sus últimas fuerzas, y después de horas escarbando, asomaba una huesuda mano. Tras renacer, se abrió como la flor que ofrece sus pétalos al sol que la recibe en una mañana primaveral. Aquí, el tiempo llegaba cargado de lluvia y gélidos soplidos de viento. El miembro descarnado creció en altura, y una vez que quedó todo el brazo al descubierto, la mano quiso copiar el gesto de un vagabundo mendigando unas monedas. La falange distal de cada uno de los cinco dedos, ese trocito de hueso en donde unas largas y negruzcas uñas, pero tan finas y encorvadas como garfios, señalaban a lo alto del firmamento. La agrupación de carpianos y metacarpianos, en función de una palma carente de piel y carne, parecían haberse congelado de pronto; tal vez a la espera de recibir algo, de que alguien llegase y le estrechase su mano, entrelazase sus recubiertos dedos con cariño y le diese un suave tirón, en compañía de un: bienvenida de nuevo. Este es tu mundo. Pero no; por más que desease esa muestra de afecto, se detuvo para respirar, como si ese grupo de huesos estuviese recopilando en su interior todo el aire del que no había recibido durante muchos, muchos años bajo tierra. Se supone que las manos no pueden respirar, pero tampoco los muertos regresan a la vida, y este, lo hacía.

            Mientras los restos de tierra caían de los cinco enclenques huesos, igual que si fuesen posos de café, una gota de lluvia golpeó en la mitad del trapecio. Se presentó como una gota divina, ya que la exactitud de la caída no podía estar más controlada. Al impactar, se dividió en diminutas y relucientes gotitas saltarinas… Qué poco dura la vida de una gota de agua, ¿verdad? Lo mismo que la de una lágrima. A ambas les cuesta nacer. Pueden pasarse años enteros dentro de las nubes y de los ojos, que tan solo basta un simple parpadeo o la voz de alarma de un trueno para que caigan en cadena. Su sabor salado, cuando se trata de una lágrima, asocia la sal con la salida. “Sal, venga. Sal ya. Demasiado malestar; y la agonía de este ser, tiene que cesar”.

            Agonía, calvario y sufrimiento en general, era lo que llevaba soportando bajo tierra el esqueleto que, por fin, gracias al cielo –lo único que parecía alegrarse de su vuelta- dejaba de mantener las piernas estiradas para volverlas a mover.



*****


Al brazo derecho lo siguió el izquierdo, después de que la calavera saliera al exterior como si fuese el tallo de una planta pero agrupando todos los días de cultivo, para así, emerger de entre la tierra a una velocidad impropia si se tratase de un vegetal; pero no, era un esqueleto, un grupo de huesos ansiosos por volver a la vida. El conjunto de la parte izquierda se apoyó sobre la tierra tras un feroz zarpazo. Las uñas, a medida que los huesecillos se cerraban en forma de garra, se clavaron en la superficie de igual manera que el gancho de un anzuelo atravesando la boca de un pez.

            El cráneo descerebrado, pensando por instinto al no mantener ese órgano encargado de ordenar al resto del cuerpo, se adueñó a su antojo de todas las partes de la calavera. La mandíbula se desencajó como si fuese una trampilla. Parecía querer salir de ella un grito de horror, pero solo caía tierra. Más que una boca, daba la sensación de ser un saco de arena. Las concavidades se mostraron ocultas al mundo. No había ojos en su interior, pero sí dos sólidas piezas de tierra seca. Las cuencas, durante tantos años por debajo del mundo, actuaron como moldes de plastilina.

            Echó el cráneo hacia atrás, se impulsó y, en lo que los huecos de las costillas se desprendían de la tierra que los estorbaba, asomaron las rótulas y los dos fémures que las incitaron al exterior. La fuerza de salida dejó al aire libre tanto a tibias como a peronés.

            Tras un respiro –con mezcla de alivio y cansancio- los metatarsianos se movían para que las falanges asintieran muy despacio, como quien mueve las articulaciones para que la sangre regrese a ellas después de estar un tiempo entumecidas. En este caso, ya no había sangre por ninguna parte. Su cuerpo era duro como una piedra; los años enterrado lo dejaron sin carne, sin órganos y sin piel, pero no consiguieron pulverizar los huesos, por mucho que hubieran destrozado el ataúd hasta perderlo a cachos entre la tierra.

            No había tiempo que perder. Volvió a impulsarse para terminar de sacar la pelvis y ponerse en pie. Primero, se ayudó de las rótulas y se colocó de rodillas (era lo más fácil); y después, arriba, empapado de cráneo a falanges por culpa de la lluvia que estaba cayendo. Llevar cerca de veinte años enterrado hace que, una vez que vuelves a experimentar lo que es ponerse en pie, te sientas como el monstruo de Frankenstain al dar sus primeros pasos. Así se sentía el renacido esqueleto.

            Llevó las uñas de sus falanges distales a donde una vez tuvo ojos; las clavó y, como si estas fuesen el palo de un helado casero, preparado a base de un yogur congelado, tiró y los dos moldes de tierra salieron de una sola pieza, desintegrándose a escasas décimas de segundo. En las costillas la tierra no se había endurecido tanto, pero en las cuencas, sí. El cuerpo vítreo, hasta que desapareció por completo, dejó unas húmedas concavidades que terminaron por secarse y secar su interior, obteniendo dos endurecidos puñados de tierra… El ataúd lo abandonó unos cuantos años atrás.

            Giró el cráneo a un lado, de esta forma, se aseguraba de que saliese por el orificio temporal toda la tierra que almacenaba el interior; después, al otro lado. No era mucha, por lo que no tardó demasiado.

            Libre, totalmente libre.

            Los habitantes del camposanto descansaban en un eterno sueño del que, a excepción de este esqueleto y alguno más por ahí, con una historia para contar o que ha sido contada en otro lugar,  jamás despertarían.

            Dejó de llover tras un fuerte resoplido del viento. Los restos de tierra repartidos por el esqueleto salieron volando como perdigones. Las partículas de suciedad crearon un arcoíris extraño, y que poco a poco, fue mezclándose en el cielo, dándole  un momentáneo tono cálido; acto seguido, las estrellas, titilando como párpados al pestañear cada escasos segundos, contrastaron el color, dejando un oscuro, pero, a la vez, iluminado firmamento. 

            Bienvenido de nuevo. Date prisa.



*****

No solo se detenían sus cortos e inestables pasos, sino también, el tiempo. Para el raquítico ser, cada pisada le parecía ser la última. Necesitaba que la tibia y el peroné girasen como una rueda céntrica contra el fémur para que los huesecillos del pie quedasen en el aire, y ya después, avanzar con una pisada.

            Había nacido; luego aprendió a andar después de veinte porrazos diarios contra el suelo (y lágrimas). Después, ya crecidito, murió. Ahora, después de regresar a la vida, tenía que volver a aprender a andar, y cada choque de sus huesos lo sentía como el cambio de una cadena de bicicleta al crujir contra los piñones. El gélido viento no ayudaba en su afanada tarea por volver a vivir.

            El aire conseguía que sus inquietas costillas flotantes, medio sueltas y oscilando por la fuerza del viento, igual que si fuesen colgantes con reducidos colmillos de elefante, no dejasen de moverse, lo que convertía al esternón desprotegido en un congelado bloque. La cantidad de veces que en vida había sentido una presión en el pecho…; primero lo vivió en sus propias carnes, y ahora, en sus propios huesos.

            Las dos concavidades comenzaban a cristalizarse. La helada estaba siendo muy poderosa; por ello, mientras la mandíbula se movía como una grapadora inquieta, haciendo castañetear los pocos dientes que quedaban intactos, los lánguidos brazos de hueso intentaban arroparse con la imaginación. Parecía acunar a un bebé insistente, pero nada más lejos de la realidad. Solo era un pobre saco de huesos intentando resguardarse del frío, pero sin desistir en su lucha por lograr su objetivo.

            Pisar el suelo del cementerio, descalzo de los zapatos de carne que le acompañaron durante treinta años de vida, era para él como caminar por una carretera empedrada.

            No oía; no veía. Solo sentía. Frío, sobre todo; pero también… Sentía. Podía sentir.

            A medida que avanzaba con costosa dificultad, y medio encogido, varios habitantes del cementerio –esos muertos muy vivos que descansan en la tierra y velan a sus propios cuerpos por medio de su alma- veían cómo el esqueleto se las apañaba para salir de allí. Este, con las rótulas medio unidas, en una posición de “s” con cada una de sus piernas a causa del frío, sintió un soplido que aturdió su cráneo. Fue como si una moto pasase a gran velocidad por su lado; y después, otra más.

            Ante él, con rostros abstractos, como si lo que le miraba fueran nubes verdosas y con el don de poseer dos ojos movibles pero escrutadores, emergieron dos de los espectros mencionados. Cada una de sus cabezas parecía flotar, igual que si estuviesen luchando contra la fuerza de la gravedad. Sus órganos de visión, dando vueltas alrededor del rostro, sobresalían considerablemente, como el objetivo de las antiguas máquinas fotográficas. Con una lentitud pasmosa, cada ojo se acercaba a la calavera, pero sin necesidad de mover un solo centímetro de su cuerpo fantasmal. Si el saco de huesos pudiera verlo, caería de horror. Esos ojos tenían la particular función de ecógrafos del más allá, girando a un lado y a otro por medio de una diabólica mirada; sus bocas, anchas, cada vez más y más anchas, se abrían con esbozos macabros, dejando tras ellas una hedienta bocanada verdosa.

            Le olfateaban como perros ansiosos, pero con un poderío inútil para con él. No suponían ningún tipo de impedimento ni frenaban su camino; el esqueleto no veía, no olía ni oía, y lo poco que llegaba a sentir, no era físico, no a través de su estructura, sino muy dentro, en ese espacio en donde una vez una caja torácica resguardaba su corazón, vacío a la vista, y sin embargo, a rebosar de emociones. El que chocase contra la brutalidad de los espectros, embistiéndole como toros bravíos pero fabricados con humo de otro mundo, no era suficiente para entorpecer sus afanados pasos. Había renacido para llevar a cabo una misión. Nadie frenaría su camino, por más que las almas –frustradas al verse presas para siempre dentro de un cementerio tan maloliente como sus sílabas abstractas- quisieran interponerse en él. Sentían rabia porque el esqueleto se iba, abandonaba el lugar de descanso eterno para continuar el camino que dejó incompleto años atrás. Él no pudo continuarlo porque la muerte se lo arrebató injustamente; no obstante, tanto las dos almas que revoloteaban a su alrededor como las demás que, quedándose en la lejanía, solo como meras espectadoras de lo nunca antes visto, envidiaban la resurrección del esqueleto, decidieron en su día poner fin a su existencia. No era su hora; no estaba escrito que tenían que dejar el mundo de los vivos para habitar la oscuridad. Ellas lo quisieron; por ello, el destino –acertado e injusto al mismo tiempo, según se mire- se encargó de retenerlas para siempre. En el más allá no se admite el suicidio, no tiene lugar. No existe una habitación, ni tan siquiera un rincón para quien decide poner punto final al regalo que le otorga la naturaleza. Se nace para vivir, para luchar, para sufrir y reír. Todo va incluido en el mismo pack, de principio a fin. Solo el destino conoce lo que dura la vida de cada uno. Si la propia persona se empeña en alterarlo, las consecuencias son claras e inevitables: una muerte entera dentro del camposanto, tanto en cuerpo como en alma, sin retroceso ni avance.

            El esqueleto seguía avanzando. Las almas condenadas no desistían en intentar frenarlo, pero con cada intento fallido, su composición fantasmagórica ardía en cólera; era como si el cráneo chocase contra una nube, como si el resto traspasase una bocanada de humo. Solo algo sólido impediría su marcha, y ninguno de los espectros poseía nada para mantenerlo allí.

            Se va.

            Lo consigue.

            Y así era. El esqueleto, con el mismo empeño y esfuerzo que el que mostraba desde que había salido de la tumba, atravesó el portón abierto de hierro que, en su día, muchos años atrás, se abrió para darle la bienvenida a un lugar del que nadie sale una vez muerto. Nadie, excepto él.



*****


Su instinto era como la flecha de una brújula señalando el camino correcto. Todos tenemos una en el interior, y encontrarla es tan sencillo como detenerse a escuchar el latido más profundo con el que se hace notar el motor del cuerpo en determinado momento. Percibirlo es acertar en el camino. Si se le presta la debida atención, puede que haya baches pero jamás curvas, solo una recta pasarela de luz. Los días nublados se antojarán como los espectros incapaces de frenar al esqueleto: aparecen pero no dañan. En el verdadero camino siempre vuelve a salir el sol; cuando se nubla para siempre, es que la persona no ha sabido escuchar el latido y, su instinto precipitado, no es más que un circuito en derredor del que nunca encontrará salida. El verdadero no se equivoca nunca.

Los ojos engañan, a veces viendo lo que no es real; la brújula de la vida, jamás. Si la vista fuese tan importante estaría dentro del cuerpo, quizá también bajo capas de piel y carne, como el resto de los órganos de mayor valor. Los ojos no simbolizan nada, y en cambio la brújula de la vida lo simboliza todo. Con un poco de atención, tan solo con una pizca de atención, esos ojos pueden pasar a ser los encargados de proyectar la película que cada ser humano contempla cuando los párpados están abiertos; y nunca, nunca, actuar para derramar penas innecesarias.

El esqueleto se sabía la lección, y aunque todos sus huesos terminasen abrazados por una capa de hielo adherida a ellos, no descansaría tranquilo si no cumplía su misión. No murió tranquilo. Se removió dentro de la tumba día tras día, ansiando el momento de volver al mundo de los vivos, a un mundo desaprovechado y muchas veces relleno de gente que no lo merece. Podría decirse que a veces se presenta como una cárcel, en donde los mayores culpables siguen en libertad y los inocentes son sometidos a un injusto calvario. Quien tiene vida se queja de lo que no tiene, sin parar a pensar que posee más que muchos a quienes no se les ha dado la oportunidad de vivirla. Para ser feliz o para sufrir. Da igual; simplemente, vivirla.

Cayó al suelo. La parte frontal del cráneo se golpeó contra la calzada, y él pudo sentirlo como el humano al que se le congela la frente bajo un potente chorro de agua helada. Ese dolor característico era el que soportaba el esqueleto después del golpe. No dolía. El dolor también necesita estudiarse. Los golpes y las caídas se asocian con dolor, pero que levante la mano quien no haya sentido nunca más dolor con algún golpe o caída que no represente herida física. Preguntadle al interior, él os mostrará la cicatriz, si es que ha llegado a sanar o sana alguna vez. Los cosidos estéticos, no sirven.

El esqueleto no sentía dolor con el golpe porque no cabía más dolor en él. Un porrazo más, ¿y qué?, era lo que pensaría de poder hacerlo. Pero en vez de detenerse a aliviar esa molestia gélida, hizo fuerza con sus débiles manos para impulsarse una vez más, subir arriba y seguir adelante.

No sabía cuánto le restaba de camino; y además, su verdadera y única preocupación no era saber cuánto le quedaba a él.

Lo conseguiría. Estaba seguro. No tenía intención de desaprovechar el tiempo extra que tanto llevaba esperando.


*****


“En la oscuridad se ven las cosas más claras”. Eso dijo Santiago Bernal en “Amor en la oscuridad” cuando el protagonista de la historia se quedó sin vista. El muchacho era un experto en artes marciales, y alguien con un control absoluto de la mente y el cuerpo sabe que la vista engaña; por ello, fue capaz de golpear al agresor de su chica sin necesidad de ver.

            Cuando alguien no ve, se guía por el oído; y cuando alguien no ve ni oye, si guía por el corazón. No puede escuchar el latido, pero sí sentirlo golpear contra el pecho utilizando el tacto. El órgano acaricia la palma en fuertes pero pausadas sacudidas. Eso significa que la persona sigue viva, la brújula de la vida tiene fuerza y sabiduría.

            En la oscuridad, el esqueleto veía las cosas más claras. El camino no tenía pérdida.



*****


Era un pueblo pequeño, de no más de ciento cincuenta habitantes (cincuenta de ellos habitaban el cementerio. Ahora, cuarenta y nueve); y de esos cien que seguían con vida, una señora, de alrededor de sesenta años, se detuvo frente a la puerta de su casa cuando a lo lejos vio venir a lo imposible.

            -Estoy soñando –aseguró cuando los huesos andantes llegaban hasta ella.

            El esqueleto no desistía. Desde que salió del cementerio había caído hasta tres veces; pero en cada una de ellas, como si no le hubiera ocurrido nada, se incorporaba y seguía su camino.

            La señora, incrédula a pesar de que sus ojos no mentían (está vez sí veían la realidad), quiso acercarse más. Lo veía claro: era un esqueleto recién salido de la tumba. Su cráneo golpeado indicaba que no era de mentira, que no se trataba de ningún disfraz; a través de los huecos de las costillas era capaz de divisar el fondo del pueblo. Si pasaba la mano alrededor de estos, parecería un ilusionista mostrando al público que la caja en donde ha atravesado a su ayudante no tiene ningún fondo para poder esconderse. Era tan real como la vida misma: un zombi carente de carne; un saco de huesos bien vivo.

            Tan espeluznante como fantástico. La mujer escrutó con atención cada uno de los detalles; sin embargo, al llegar a las manos del esqueleto, sus ojos ya no giraron más. Una vez que vio la izquierda, no fue capaz de separar la vista de ella.

            -Esto no es un cuento de hadas –empezó a decir, sin dejar de mirar lo que tanto llamaba su atención-, es increíble, pero real. ¡¡ES VERDAD!!

            No soñaba. Sabía que no.

            -Sé a lo que has venido –añadió-. ¡Rápido!



*****


            -Adelante –La mujer abrió la puerta de par en par. Es esqueleto no oía nada de lo que decía, y ni siquiera sabía que ella estaba ahí. Seguía guiándose por la brújula de la vida, la brújula de lo pendiente.

            Tras la puerta, dentro de un viejo camastro, y alumbrada tan solo por la tenue luz de dos velas, una mujer se debatía entre la vida y la muerte. El esqueleto se acercó a ella y se sentó encima de la cama; después, buscó a tientas las manos de quien fuera su amor veinte años atrás; y así lo había seguido siendo todos los años bajo tierra. Ella pudo sentir un gélido conjunto de huesos entre sus acaloradas manos, momento en que sus entrecerrados párpados se abrieron de par en par.

            Podría dar un grito de terror al ver ante ella a un horripilante esqueleto; sí, pero no lo hizo. Por el contrario, sus contraídos labios, marginando durante dos décadas a todo aquello que tuviese que ver con sonreír, esbozaron un placentero arco de felicidad.

Sabía que era él; sabía que delante de ella volvía a tener a su amor. Lo veía como siempre porque jamás se fijó en la carne que protegía al conjunto de huesos en que se había convertido. Su amor era todo interior; por ello, la vista reflejaba al chico que siempre vio, solo que por fin veía lo que nadie más puede ver, solo sentir. había dejado dolor, y ella quería morirse para volver a estar a su lado. Seguía siendo importante e insustituible (no era un muñeco).

La alianza que no había destruido la tierra –y la prueba que indicó a la primera señora que se trataba de él- confirmaba que sí, en efecto, se trataba de su amor.

            Ella  separó las manos por un instante, alargó los brazos y las palmas atraparon el cráneo desnudo. No podía colocarle el cabello detrás de las orejas, ni pasar los dedos por las mejillas. No había labios a los que besar. Las cuencas de él mostraban pena cristalizada, y dos gotas brillantes miraban a su chica como si fuesen pupilas. Era muy curioso que lo inexistente pudiera ejercer su función. Pero al igual que un muerto no puede regresar a la vida, y al igual que los ojos ven lo que no existe y lo que existe no lo ven, también son capaces de llorar cuando aparentemente no tienen vida.

            -Has vuelto –Sus manos subían y bajaban como si estuviese tocando el rostro de veinte años atrás-. Estás aquí, mi amor -La felicidad se había encargado de cerrar de un carpetazo los amargos años, dando al epílogo de su vida un final impropio pero altamente soñado. Jamás se habría imaginado volver a ver allí a quien fue toda su vida, al hombre con quien compartió su amor en la misma cama en la que ahora moriría. Allí nació todo, y ahora... ¿Moriría? Ella sí, el destino lo tenía escrito; el amor, eso nunca -. Has estado conmigo todos estos años -Tosió. Un abrupto ronquido retumbó en su pecho-. Ja... jamás te fuiste del todo.

            -En realidad, nunca se fue –intervino la señora que lo encontró en la calle, amiga de la pareja-. La muerte se lo llevó, pero él nunca quiso separarse tan pronto. No pudo luchar contra ello. Murió solo porque en ese momento tú no pudiste estar en el hospital. No te va a dejar. Se quedará hasta que tú ya no estés.

            -Entonces no me iré nunca –dijo ella, sin dejar de acariciarlo.

            -Contra eso tampoco puedes luchar –añadió, cabizbaja.

            El esqueleto la rodeó en un abrazo muy sentido, como nunca antes. No olía mal, era como si conservase el perfume de siempre. Ella también se abrazó a él. Los dos cubitos de hielo formados en las cuencas se deshicieron. La marea de lágrimas mojó el rostro de la mujer que, abrazada a su chico, bajó los párpados para siempre (sonriente y feliz).



*****


Al día siguiente, los cuerpos y las almas del cementerio dieron la bienvenida a una nueva compañera. Eran cincuenta y uno.

            La enterraron junto a su amor, los dos abrazados hasta que se convirtieran en polvo. Hubo sol durante el entierro; las nubes dejaron de llorar para siempre.

            La muerte no separa.

Una carta sin sello






                                                                                 1
Era luna llena. Se mostraba al mundo como la verdadera protagonista, como si fuera la más importante y lo único a tener en cuenta. Parecía haberle dado un bocado al cielo, y así, apartar a las nubes que, esponjosas, como si estuvieran hechas de espuma, se declinaban a cámara lenta. A su alrededor titilaba un pequeño grupo de estrellas. Al verse tan pequeñas, su brillo se antojaba como las lágrimas de unos pequeños seres acomplejados. No eran nada en comparación con la diosa que presidía las noches. Todo el mundo deseaba que llegase la luna llena. Querían verla, subir a lo más alto y tocarla; incluso alguno que otro, se la prometía a su amada. Por ti subiría al cielo, bajaría la luna y dejaría al mundo en penumbra, así no tendrían más remedio que dirigirse a ti y ver quién es la persona que de verdad brilla e ilumina mis pasos. Precioso. Sin embargo, el verdadero amor no se hallaba en la belleza de las palabras, ni en las promesas, sino bajo el foco luminoso de la renombrada protagonista. Allí, una joven pareja se escondía de las miradas y los reproches; la medianoche era su momento. El tiempo no avanzaba cuando lograban estar solos. Con cada abrazo, su cuerpo prescindía de la mente, dejando que el contacto físico fuera lo único verdaderamente importante. Sus corazones latían desbocados, golpeándose el uno al otro. Funciona por y para ti; con cada beso, la mente reaparecía para dar mayor profundidad a un sentimiento de ensueño. Dicen que los besos no cuestan, pero para los dos enamorados, uno, tan solo uno, era todo un logro.

            -Van a pillarnos, Manuel –dijo Clarisa, pendiente de que no apareciese nadie mientras su chico la besaba.

            -Estamos solos –aseguró él. Su voz sonó en compañía de una agitada respiración; no dejaba de recorrer a besos el cuello de la joven.

            Ambos sabían que cerrando los ojos, el sentimiento sería más profundo; los besos sabían mejor. Pero la chica no estaba tranquila, por ello mantenía los párpados bien arriba, como si se hubiese tomado tres cafés y no pudiera dormir.

            -Sueño con el día en que dejemos de escondernos –le dijo. Su respiración también era agitada.

            -Pronto, mi amor –Manuel pasó los dedos muy suavemente por el rostro de su novia. Con la misma delicadeza, retiró el cabello que se empeñaba en cubrir su beldado rostro. Bajo la luz de la luna, -y por culpa del frío- la tez de Clarisa se mostraba lívida. Sus humedecidos labios se tornaban oscuros, resaltando aún más la palidez. El vapor de los alientos se entrelazaba en el aire de la misma forma que las lenguas se acariciaban en el interior de sus bocas.

            Un último abrazo antes de despedirse; una última mirada de pasión.

            -Te quiero mucho –Esta vez fue ella quien le acarició el rostro. Era un gesto delicado, pero muy sentido. Ansiaba tenerlo a su lado todo el tiempo y así poder besarle y acariciarle sin tener que esconderse.

            -Te quiero muchísimo –respondió él-. Algún día serás mi esposa –Ella le miraba con una dulce sonrisa-, y entonces nadie nos mandará. No tendremos que dar explicaciones –La besó en la frente-, ni escondernos.

            -Sí –Ella apoyó la cabeza en su pecho.

El reloj de la plaza sonó. Eran las doce de la noche.

            -Tienes que regresar a casa –dijo Manuel-. Si te retrasas un solo minuto más, tu padre te reñirá y a mí me retirará la palabra.

            -Me va a regañar de todas formas –afirmó-. Ya llego tarde, pero sabes que me quedaría aquí contigo toda la noche, aunque me tocara dormir al raso –respondió ella. Unas cuantas perlas en sus ojos titilaban como las estrellas al lado de la luna.

            -Lo sé, mi amor, pero no podemos arriesgarnos más. Venga, llamemos a la puerta. Le pediré disculpas.

            Giraron la esquina. No les hizo falta llamar, ya que nada más adentrarse en la calle, la madre de Clarisa esperaba asomada en la ventana.

            -Ay, Dios… -dijo la chica. Esta vez sí palideció de verdad. No había luna que contrastase el tono.

            -Ven aquí, jovencita –susurró la madre. Al sacar el brazo para señalarla, pudo verse en la manga que vestía un batín verde oscuro. Tenía los labios fruncidos y sus aletas de la nariz se expandían al expirar. Clarisa la conocía, y sobre todo, conocía su temperamento. No cabía duda de que estaba enfadada.

            La joven se colocó la chaqueta y, con la cabeza gacha, muy avergonzada, acató la orden. Su novio la acompañaba; no obstante, el temor a ser regañados le hizo alejarse de ella lo suficiente. Caminaban en paralelo, pero como dos desconocidos ocupando un tramo de la calle.

            -Buenas noches, doña Adela –saludó él, quitándose la boina para acto seguido agachar la cabeza, como su chica.

            -¿Qué horas son estas? –La madre de Clarisa era todo ojos, demasiado expresivos. Tenían el color de la miel; y a pesar de que esta es dulce, en ella el tono se agriaba por culpa de su mal humor. 

            -Disculpe la tardanza –volvió a decir Manuel. No dejaba de mover la boina en círculos, llevado por la intranquilidad-. Ha sido culpa mía, señora, puedo asegurárselo –Adela le clavó una penetrante mirada que, segundos más tarde perduró en dirección a su hija-. Después del convite fuimos al baile que daban en la plaza, y allí nos entretuvimos y… -Tragó saliva-. Quiero mucho a su hija, ¿sabe usted? –Se atrevió a decir. Aumentó el movimiento de la boina a la vez que le temblaba todo el cuerpo. Su fino bigote, recortado como si fuese una estrecha línea encima del labio superior, parecía independiente al movimiento de la boca. Estaba muy nervioso.

            -No sois un matrimonio –respondió la mujer-. Una mujer no le pertenece a un hombre hasta que no pasan por el altar, y vosotros no pasaréis. Ni su padre ni yo queremos que la niña se case contigo. Esta relación se terminó.

            -Somos novios, señora, y…

            -Y nada –interrumpió-. No hay ninguna explicación posible –Manuel volvió a agachar la cabeza-. Y tú –Le dijo a su hija-: ¿no dices nada?

            Clarisa no era capaz de hablar.

            -Muy bien. Entonces entra para la casa.

            La joven levantó ligeramente la cabeza para mirar a su novio. Sabía que no podría despedirse en condiciones delante de su madre. Le miró de reojo y, sin añadir nada más, entró en la vivienda. Adela no dejaba de mirar a su futuro yerno.

            -Pídale disculpas a don Mauro de mi parte –añadió a la vez que se colocaba la boina.

            -Duerme como un tronco –explicó, tajante-. Eso te ha salvado.

            El joven asintió con la cabeza, incómodo.

            -Que tenga buena noche, señora.

            Adela cerró la ventana. Clarisa lo estaba viendo todo desde el interior.

            -Sube a la habitación –ordenó su madre. Ella seguía mirando a través del cristal. La farola de enfrente dejaba ver una oscurecida silueta de Manuel, y él, veía a su novia como si fuera un empobrecido reflejo.

            Cuando Adela se fue de allí, la chica se acercó a la ventana. Colocó su mano derecha en el cristal; Manuel hizo lo mismo con la suya. Ambos se tocaban a través de una capa gélida. Por más que intentaban acariciarse, ni siquiera las huellas conseguían unirse: se evaporaban con el paso de los segundos. El chico acercó los labios al cristal, momento en que Clarisa intentó besarlos. Sintieron frío, y también tristeza al ver cómo la huella del beso se perdía hasta convertirse en un borrón.

            Siempre me separan de ti, pensó ella.

            -No sufras, bonita –le dijo la abuela. La anciana, algo encorvada, se había acercado hasta allí para consolar a su nieta. Tras esto, saludó a Manuel, de quien se despidió con una sonrisa. Bajó la persiana mientras los ojos de Clarisa brotaban lágrimas silenciosas.

            -Le quiero mucho, abuela –explicó sin dejar de observar la ventana. Sabía que su amado aún seguía allí, aunque ya no lo viera.

            -Ya lo sé, cariño –La abrazó. Tenía dificultad para caminar, pero mucha fuerza para dar achuchones-. Te entiendo, él es muy buen mozo, pero tus padres no ven que estás enamorada.

            -¿Por qué es tan difícil? ¿Por qué ellos no lo entienden? –Los ojos de la joven volvieron a derramar lágrimas mientras miraban a la abuela-. Usted es más mayor y sin embargo más comprensiva que padre y madre.

            La anciana sonrió.

            -Tengo más mundo, hija. Mucho más mundo. Quizá algún día, tú también entiendas esto.



2


A la mañana siguiente, Clarisa despertó con los primeros rayos de sol. Estuvo pensando en Manuel toda la noche, en esa última imagen que tenía de él a través del cristal. Había dormido en un rincón del camastro, dejando vacío el espacio restante, como si él hubiese dormido allí, a su lado. Todas las noches lo hacía; y es que, solo era capaz de dormir pensando en él. Cuando sus párpados se cerraban, acariciaba los límites de la ilusión de la misma forma que lo acariciaría a él de tenerlo bien cerca. En ese instante, afloraba una inmortal sonrisa en sus labios, el corazón se aceleraba y el rostro de su chico perduraba hasta trasladarse al subconsciente. Tenía comprobado que si pensaba en él antes de caer vencida por el sueño, la acompañaría durante esas seis siete horas alejada del mundo real. Al despertar era cuando empezaba la pesadilla; durante el sueño, todo felicidad.

            -Tengan buenos días –les dijo a sus padres, con el mismo gesto de vergüenza que mostró por la noche al llegar a casa.

            -¿Y esa cara? –preguntó don Mauro mientras untaba aceite en una rebanada de pan-. ¿Qué le pasa a la niña, Adela? –le dijo a su esposa.

            -Nada. Está todo bien –Adela la miró. No hacía falta añadir más, ya que la mirada penetrante lo decía todo.

            -Voy a asearme –añadió la joven, y se retiró.

            -¿Qué está pasando aquí? –volvió a preguntar el hombre, una vez que Adela se sentó a su lado.

            -Nada. Estará preocupada por algo –respondió, sin mirarle.

            -¿Preocupada? –Habló con la boca llena-. A los dieciocho años no existe la preocupación. A los dieciocho años, una mujercita ayuda a su madre en casa, y aprende para obedecer a su marido -La mujer carraspeó. Mauro dejó de masticar, percatándose de lo que ocurría-. Ya… El hijo del boticario, ¿no es eso? Sigue rondándola, ¿a que sí? –Adela no levantaba la cabeza-. ¿A que sí? –insistió, con un tono de voz más elevado.

            -Anoche estuvieron juntos, sí.

            -Acabáramos –Golpeó la mesa tras terminar de hablar; después, se incorporó en dirección al baño.

            -Déjala, Mauro. Ya le dije que no pue…

            -¿Que la deje? –preguntó, irónico-. Sin huesos, así la voy a dejar. Abre, niña –dijo acto seguido, delante de la puerta del baño.

            -Ahora salgo, padre –La voz de Clarisa sonó triste, apagada.

            -Abre ya, ¡ahora mismo!

            -Mauro, tranquilízate –le dijo su esposa.

            -Estoy muy tranquilo. Es ella quien debería ponerse nerviosa. ¡Abre! –Aporreó la puerta.

            A los dos segundos, el matrimonio escuchó descorrerse el cerrojo. Los dedos de Clarisa temblaban. Abrió, pero dejando la puerta entreabierta. Asomó el rostro, precavida.

            -Sal de ahí, venga –exigió el padre-. No me hagas entrar a por ti.

            -Estoy en sostén, padre. Espere un se…

            -¡Me da igual! Seguro que el granuja ese ya te ha visto en cueros. Verás cuando lo agarre…

            -¡No diga eso! –gritó la chica-. ¿Cómo puede pensar algo así? –Empezó a llorar-. Él me respeta, padre. Nos… queremos.

            -Ha dicho que se quieren, Adela –Mauro palideció-. Pero, ¿lo estás oyendo? –Se llevó las manos a la cabeza, resoplando.

            -Tranquilízate, por el amor de Dios –rogó su esposa.

            La joven no dejaba de llorar, escondida en el baño.

            -Lo amo, padre –añadió, temblando.

            Mauro se agarró el poco cabello que tenía y tiró de él.

            -Esto no hay cristiano que lo aguante. ¡Yo la mato, Adela, por mi santa madre que la mato!

            Se dirigió a ella. Madre e hija gritaron al unísono. Cuando Mauro levantaba la mano para agredir a su hija, unos nudillos golpearon la puerta de entrada. Clarisa se quedó mirando la mano de su padre, hipando. Se imaginaba los cinco dedos estampados en su rostro, pero se había salvado. El viejo bramaba en cólera.

            Adela abrió. Al otro lado, alicaído y levantando unos ojos tristes y bañados en lágrimas, se hallaba Manuel.

            -¿Da usted su permiso, doña Adela? –preguntó sin fuerzas, con la voz tomada por la congoja.

            -¿Qué haces tú aquí? –Fueron las voces de Mauro-. No quiero volver a verte. ¡Largo!

            -No creo que vuelva a verme, señor –añadió el joven, destrozado.

            Clarisa corrió allí. Se había colocado un batín.

            -¡¿Qué?! –preguntó, alarmada-. ¿Cómo que no volverá a verte? –Su boca quedó abierta esperando una respuesta.

            -¿Esos ojos? –preguntó él.

            -¿Y los tuyos?

            -¿Has llorado? –insistió el chico.

            -¿Y tú? ¿Qué pasa, Manuel? No me asustes –Clarisa deseaba volver a llorar. Algo dentro de ella sabía que no recibiría una buena noticia.

            Manuel miró a los padres de su novia. Adela se había ablandado durante la noche, pensando en el chico, aunque de una forma diferente al pensamiento que tuvo su hija mientras dormía. Tal vez era tan sencillo como ponerse en la piel de Clarisa y retroceder veinte años atrás, cuando su corazón eligió al hombre con el que posteriormente se casó; Mauro quedó en silencio, a la espera. El matrimonio esperaba a que los que parecían dos actores de una película dramática, actuaran de una vez.

            -Vengo a… -Se detuvo. No le gustaba llorar delante de nadie, y menos de su novia-, despedirme.

            -¿Qué? –Las cuerdas vocales pusieron la voz, pero la pregunta la había formulado el corazón, sintiendo una opresión salvaje, aterrorizado-. Co… ¿cómo que ha despedirte?

            -Me mandan a la guerra, cariño –Lo dijo todo del tirón; y sí, rompió a llorar.

            Adela se llevó las manos a la cabeza; Mauro respiró hondo, pero no por la noticia, sino por escuchar “cariño” delante de él. Eso, para un padre de 1936, era como ver profanar la tumba de sus seres queridos.

            Clarisa comenzó a negar con la cabeza, muy despacio. Su cerebro lo quería así. Dio una orden ajena al motor del cuerpo, a ese órgano del amor que parecía haberse roto en mil pedazos, como un espejo al impactar contra el suelo. Ella no lo quería, y ni siquiera era consciente de lo que estaba haciendo. No podía hablar, era lo único que sabía.

            -Ya está todo dicho –sentenció Mauro. Su hija no le prestó atención. Sus ojos miraban al hombre de su vida, y por segundos lo imaginaban mutilado a balazos, tal vez desmembrado, e incluso hecho pedazos después de que una granada se ensañase con su cuerpo.

            -Tienes que ser feliz –Al igual que en la chica habló su corazón, en él hablaban las lágrimas-. Prométemelo. Debes ser feliz sin mí.

            Ella seguía negando con la cabeza. Se enjugó las lágrimas que recorrían su rostro, para después, seguir negando.

            -Ya está todo dicho –volvió a intervenir Mauro-. Pórtate como un hombre. Adiós.

            Fue a cerrarle la puerta, pero Adela se interpuso.

            -¿Qué haces? –preguntó al ver la reacción de su esposa. La miró con ojos asesinos.

            -Se aman, Mauro –Sus ojos también hablaban. Él nunca había visto una mirada tan profunda en su esposa-. Se aman, igual que nos amamos nosotros.

            Mauro miró a Manuel.

            -Así es –reconoció el joven-, pero ya da igual. Me voy a una muerte segura.

            -No –Fue lo primero que dijo Clarisa, muy firme y segura-, no da igual. –Los padres la miraban, rendidos ante una verdadera protagonista, con más fuerza que la Luna a la que todos los jóvenes enamorados reverenciaban en la noche, ya que gracias a ella, el mundo se veía diferente. No había reglas por momentos; todo valía en el amor-. Vas a ir a la guerra, y vas a volver de ella, sano y salvo. Nos casaremos y seremos felices. Tú y yo, sin impedimentos, sin nadie que se interponga entre nosotros. Te amo, mi vida, y tú a mí –Manuel se acercó. Clarisa le cogió las manos-. El amor es muy poderoso, y no hay escudo que valga más que un corazón enamorado. Si piensas en mí, ninguna herida podrá contigo, porque estaré cuidándote desde aquí. No nos veremos en un tiempo, pero nuestras mentes siempre estarán unidas; y estos –Le tocó el corazón, y después se tocó el suyo-, laten por un igual. Son solo uno alimentando dos vidas, ¿recuerdas?

            -Te amo –Nada más decirle eso, la besó con pasión.

            Nadie sabía si en verdad sería el último beso, por muy mucho que ella estuviese segura. Solo el destino conocía la verdad.

            -Te amo, mi amor –Los padres miraban la reacción y valentía de su hija, asombrados, sin dar crédito. Jamás en su vida había mostrado tanta seguridad.

            Manuel dejó de besarla y abrazarla para llevar su diestra al bolsillo. Sacó la cartera, donde guardaba como oro en paño una fotografía de Clarisa. La extrajo y se la guardó en el bolsillo de la camisa, para acto seguido, colocar la mano en el corazón.

            -Ahí estaré siempre –dijo ella-. Hasta pronto, mi amor. No tengas miedo.

            Volvieron a besarse y a abrazarse. No querían dejar de hacerlo, pero el tiempo corría y Manuel tenía que marcharse.

            Antes de que Adela cerrara la puerta y le desease buena suerte, el chico se giró para lanzarle un último beso a su novia. Clarisa se lo devolvió, añadiendo un soplo al aire que a él pareció golpearle con gusto en el rostro, pues las lágrimas se cambiaron por una sonrisa.

            Cuando la puerta se cerró, la joven se echó a llorar.



3

           

           

Clarisa se dirigió a la cocina, destrozada. La abuela, de pie, sobre la encimera, cortaba unas cuantas rebanadas de pan duro. Cuando sintió el hipo de su nieta, dejó de prepararse el desayuno para mirarla.

            -Pero bueno... ¿Qué te ocurre, pequeña? -Se dirigió hacia ella. Cada paso era un mundo; cada vez que apoyaba uno de sus pies, era como si un reloj de pared diese una sonora campanada. La abuela pesaba sus noventa y tantos kilos, y tenía las piernas rollizas, inflamadas por la mala circulación de la sangre.

            Clarisa se sentó. Colocó los codos encima de la mesa y, con las manos cubriendo su desconsolado rostro, aumentó el llanto.

            -Manuel se ha ido a la guerra -Sonó distorsionado, las palmas se encargaron de tomar su voz.

            -Vaya por Dios... -se lamentó la anciana; después, se sentó a su lado.

            La joven se enjugó el rostro con una servilleta.

            -Él es muy bueno, abuela, y no tiene maldad. Lo pasará muy mal matando gente. Pero sé que lo hará, y también que regresará sano y salvo.

            -¿Así lo crees, cariño? -La abuela le retiró un mechón de cabello.

            -Estoy segura -La miró con ojos convencidos, firmes, a pesar de estar bañados en lágrimas-. Yo estaré allí, en su corazón. Pensando en mí no tendrá problemas.

            La abuela suspiró.

            -Me gusta verte tan segura, hija, eso demuestra que tienes mucha confianza en ti. El amor es precioso, pero por desgracia, lo bonito no es la verdadera realidad. Tienes que ser realista, tesoro. Pensar en ti le dará fuerzas, sí, pero lamentablemente, eso no lo salvará si el destino quiere interponerse. No te estoy diciendo que vaya a morir, solo que ni tú, ni él, ni yo, podemos saberlo.

            -Yo sí lo sé -Clarisa se incorporó-. Es un hombre -añadió, con soberbia. No por su abuela, sino por una rabia que crecía en su interior. La guerra se había llevado a su amor; ya no lo vería en un tiempo, a pesar de estar segura de volver a verlo. Mientras tanto, solo podría pensar en él, soñar con su imagen, con sus besos y sus abrazos; pero solo soñar, y eso, todo ese dolor, se asemejaba a sentir varias puñaladas en el corazón-. Cumplirá con su obligación, regresará, me casaré con él y le daré toda una vida de amor.

            Clarisa se giró.

            -Cielo -Se detuvo al escuchar a la abuela-. Ama con el corazón, pero piensa con la cabeza -añadió, sin mirarla-. Los cuentos de hadas fueron inventados por una cabeza, no por un corazón. Con esto, vuelvo a repetirte que sí, ojalá todo salga bien, pero no quiero verte mal si al final todo se tuerce, cariño. Quiero que estés preparada para recibir tanto lo bueno como lo malo.

            La joven pensó en las palabras de la anciana. Tenía razón. La chica no quería reconocerlo, y seguía pensando que Manuel regresaría para compartir su vida con ella. Nadie podía negarlo, pero tampoco afirmarlo. Había que tener en cuenta las dos posibilidades.

            -Lo pensaré, abuela -dijo-. Muchas gracias. Es usted muy sabia -Se acercó para darle un beso.

            -De nada, hija. Mucha vida te hace estar alerta.

            -Pero Manuel volverá, estoy segura. Debo darme prisa en escribirle una carta.

            La anciana sonrió.

            Igual de terca que su abuelo, se dijo mientras la veía alejarse.


                                                          


4


Eran cerca de las diez de la mañana cuando Manuel salía de casa. Un camión le esperaba en la puerta. No había vuelta atrás, era sí o sí. Ir a la guerra era media sentencia de muerte; negarse, la muerte entera. Con suerte, lo meterían en la cárcel, después de torturarle y dejarlo sin fuerzas. Pero eso sería el mejor de los deseos. En verdad, le colocarían de espaldas a un muro, en una fila formada por dianas humanas; después, mientras recordaba su vida en décimas de segundo –un segundo entero para Clarisa- escucharía el inicio de un estruendo en lo que un arma escupía fuego; lo sentiría dentro del pecho, mientras una bala le agujereaba su corazón enamorado. Y el final, solo lo oiría vagamente, los segundos que sus oídos tardasen en dejar de funcionar. Moriría, y el amor no sería más que una mancha de sangre, sin latido posible que lo alimentase.

            Al pensarlo, se tambaleó en la entrada. Llevó su mano izquierda al corazón. Lo sentía rectangular, y eso significaba que Clarisa velaba por él.

            Te siento tan cerca…

            -¡Esperen! –escuchó a lo lejos. Reconocería ese tono de voz entre un millón.

            Clarisa se acercaba en una veloz carrera. Su largo cabello oscilaba al viento; sus piernas se esforzaban por llegar, sin importarles el castigo que le hacían padecer al, sí, corazón enamorado. Golpeaba al pecho con fatiga, pero era un mal necesario.

            Manuel corrió a su encuentro. La abrazó como si no hubiera un mañana.

            -¿Qué haces aquí?

            -¡Venga! No hay tiempo que perder –dijo un militar.

            -Ten –La chica le entregó una carta. Manuel la apretó con fuerza antes de que el militar los separase.

            -Léela, cariño –gritó Clarisa, entre empujones.

            -Ya se va, pero no le haga daño –rogó Manuel.

            -Te esperaré –insistió ella-. ¡Todo saldrá bien!

            -Te a…

            -¡Arriba! –le interrumpió otro militar.

            A través de la luna trasera, podía ver a su amor en la lejanía; sin embargo, la tenía más cerca que nunca.

            -¡No tengas miedo, mi amor! –gritó-. ¡Volverás! Te estaré esperando, cariño… Siempre.

            Volverás.

           


5


Seis soldados cargaban sus armas durante el trayecto. Eran ocho en total; los dos restantes -uno de ellos Manuel- aterrados, observaban entre continuos botes a causa de los baches, cómo sus compañeros preparaban los fusiles.

            -Listo -dijo uno de ellos, golpeando el suelo con la culata, como si en vez de un fusil fuese un bastón-. No voy a dejar a uno solo con vida -añadió una severa risa. Su piel era muy fina y sonrojada. Unos azulados ojos, del tono del mar señalado por los rayos de sol, presidían un rostro muy vivo y seguro.

            Enfrente de este, un ser de baja estatura y delicada complexión, movía los labios a la vez que entrelazaba los dedos de las manos. Rezaba en ligeros susurros, provocando tenues silbidos en el final de las palabras y  moviéndose adelante y atrás, como si fuese una mecedora humana. Manuel radiografiaba a todos y cada uno de ellos, aturdido, sin saber qué hacer.

            Se acordaba de Clarisa, y al mismo tiempo la sentía. Prefería pensar que los latidos del corazón eran cosa de la chica, fruto del amor, y no del nerviosismo. Todo sería más sencillo de ser verdad... ¿Hasta dónde puede llegar un sentimiento? ¿Puede ganar una batalla? ¿Ser el arma victoriosa? ¿De verdad tiene tanta fuerza y le puede a todo?

            Sacó la fotografía de su amada. Bajo el de por sí oscurecido techo, tan solo iluminado por una leve claridad de ventanucos partidos en cuatro, como si los presidiese una lánguida cruz, fijó la vista en el rostro de Clarisa. Ella sonreía en la imagen, y automáticamente la memoria de Manuel, con ese recuerdo vivo que tenía de su chica, y que le hacía parecer que en verdad lo que tenía entre sus manos era de carne y hueso, cobró vida para sus embelesados ojos, viendo cómo el retrato esbozaba una sonrisa aún más amplia y parecía decirle: todo irá bien, mi amor. Él también sonrió al vivirlo así; después, desdobló la hoja que su chica le había entregado.

            La leyó.

            «Querido amor,

            Puede que mientras leas esto te sientas apenado, y que tus ojos respondan con la tristeza que invade tu corazón; pero no llores, mi amor, ya que pronto, muy pronto, mi abrazo secará esas lágrimas, y el beso que te den mis labios volverá a hacerte sonreír, aunque a mí me gustaría que no perdieras la sonrisa.

            Eres un chico valiente, cariño, y muy valioso. El mundo no puede prescindir de ti, por eso te necesita. Tengo mucha suerte, y creo que debo ser la mujer más envidiada del planeta. Cualquiera querría estar contigo, compartir su vida junto a ti; pero soy yo la afortunada, y este regalo del cielo no va a desaparecer así como así. No te ha llegado la hora de decir adiós, eso lo haremos los dos juntos, y dentro de muchos años. Solo se te permite decir “hasta luego”, y durante el tiempo que estés allí, aunque te parezca que los segundos no avanzan y otras veces quieras que pasen volando, el tiempo quedará a la espera, porque nuestro amor no envejecerá ni un solo instante; por el contrario, aumentará en sentimiento, y con ese abrazo y beso que te daré muy pronto, nuestros corazones volverán a latir unidos, y notaremos que los segundos, minutos y horas, regresan a nuestro lado, viviendo un amor de ensueño pero tan real como la vida que compartiremos.

            Te estaré esperando con los brazos abiertos. Se cerrarán en cuanto te vean, rodearán tu cuerpo y, juro, que no te soltarán por nada del mundo.

            Estoy muy orgullosa de ti, amor mío. Sé que vas a comportarte como el hombre que eres, pelearás y vencerás. Tienes que regresar sí o sí. Es una obligación.

            Estás leyendo una carta sin sello, y no lo tiene por algo; para desvelar el misterio, debes regresar. No creo que quieras quedarte sin saberlo.

            Te espero, mi amor. No apartes de ti mi fotografía porque será el escudo que te proteja, un amuleto que de verdad vive y te ama. No tengas miedo. Todo saldrá bien, mi amor, te lo prometo.

            Tu amada,

                                               Clarisa.».

           

Una lágrima bañó la mitad del nombre de su amada. Sin embargo, el llanto se extinguió con la misma rapidez que el hipo después de un susto. La nota cayó de sus manos tras recibir un golpe en el pecho. El compañero de al lado le había colocado un fusil entre los antebrazos.

            -Céntrate -añadió después del brusco movimiento-. Déjate de pensar en niñas y piensa en disparar; y sobre todo, piensa en acertar. Las mujeres traen mal fario.

            -Es mi novia -respondió Manuel-; es mi vida. Está conmigo -Su mirada se lo creía, por ello el brillo de los ojos refulgía sin cese posible.

            El otro rio antes de añadir:

            -Tu vida es esta -Le señaló el arma-. A ella es a quien debes amar, y la única que estará contigo. Si te atraviesan la cabeza tu niña no vendrá para detener la bala, así que olvídate de ella y ten dos dedos de frente, los mismos que no deben temblarte a la hora de apretar el gatillo -Manuel lo escuchaba, pero no lo compartía. Estaba muy seguro en que Clarisa le acompañaba-. Si quieres volver a verla -continuó-, haz como que no existe. Acepta el consejo, chico. Ella no tardaría nada en rehacer su vida, y tú solo serías carne muerta bajo tierra.

            "¡Y tú deja de rezar, cojones! -le gritó al de enfrente. El aludido se estremeció-. Me estás poniendo de los nervios. Aquí no hay mujeres ni dioses, solo tíos con dos objetivos: matar y seguir viviendo. Cambiad los mandamientos por: Amar al fusil sobre todas las cosas. (Eso va por ti, muchacho) -le dijo a Manuel-. Y, Sí matarás (Eso por ti, beato). Y ahora moved el culo. El viaje acaba de empezar.

            El camión se detuvo. Se escuchaban tiros, gritos y lluvia de sangre.


                                                                      

6 


Clarisa entraba en casa.

            En cada pliegue de su rostro podía leerse la tristeza, pero al mismo tiempo, un brillo de esperanza. Tenía miedo, sí, pero también seguridad.

            -¿Ya ha partido? –preguntó Adela. Su marido la miró con desagrado.

            La chica asintió con la cabeza.

            -Muy poco hombre para tanta responsabilidad –dejó caer Mauro. Su hija le atravesó con la mirada. Apretó los puños al mismo tiempo que se ruborizaba de ira.

            -¡Es un hombre como todos los demás, e incluso mejor que muchos! –gritó la joven.

            -No le grites a tu padre.

            -¡Lo merece! –rezongó.

            -¿Cómo que lo merezco? –Mauro se incorporó-. Escúchame una cosa, niñata: si vuel…

            -¡Escúcheme usted! –le interrumpió. Su padre, tras el grito, sintió como si le azotase con un látigo en plena cara-. Ya basta de quejas; ya está bien de tener que esconderme para poder darle un beso a mi prometido, o decirle que lo amo. ¡Ya está bien! Se acabó, padre. Tiene que aceptar que es el hombre al que amo, al que ha elegido mi corazón. Ha visto con sus propios ojos que lo que digo tiene más valor que unas simples palabras. Él volverá de la guerra y se casará conmigo. No quiero repetirlo más veces. Y me da igual que no lo acepte, porque ya no viviré en su casa y no tendré que acatar sus órdenes.

            “Tengan buenos días.

            Abrió la puerta y salió a tomar aire. Dejó a su padre con la palabra en la boca; Adela se dirigió al salón, sin añadir nada.



7


En cuanto a movimiento, había poca diferencia entre circular dentro del camión a poner los pies en tierra, ya que dentro o fuera del vehículo, los cuerpos de los soldados brincaban, ya fuera por baches o explosiones. Sin embargo, ninguno de ellos quería salir al exterior. La voz cantante, el de mayor poder en cuanto a dar órdenes y demostrar agallas, se lanzó a la batalla de un salto, sin pensarlo. Tras él, con una mano en el fusil y la otra apoyada en la chapa de la puerta, el beato rezaba entre lágrimas nerviosas. Parecía haberle entrado un ataque de pánico. Tenía los ojos cerrados y su cuerpo temblaba como si estuviese dentro de una cámara frigorífica.

            -¡Aparta! –gritó quien se hallaba a su espalda. Lo empujó de un culatazo para quitárselo de en medio y poder salir; el que rezaba cayó de bruces. Se colocó las manos en la cabeza y siguió llorando.

            -Sálvanos, Señor –suplicaba entre lágrimas. De su boca, entreabierta hasta en los instantes en que no articulaba palabra, colgaba una mezcla de baba y de lágrimas que tomaban una pausa antes de expandirse y morir sobre el suelo de piedra-. ¡¡PARA ESTO Y DEVUÉLVENOS A CASA!!

            Después de estas palabras, semejantes a los gritos y pataleos de niño con berrinche, se colocó de rodillas y con los brazos en cruz. Gritaba más, rogando por su vida.

            Manuel, copiando la posición que tenía el beato entre el hueco de la puerta, vio con horror cómo una bala perforaba la cabeza de su compañero. Jamás en su vida había visto una protesta de sangre tan exagerada; era como si el cráneo no fuese más que una bolsa de líquido que se había deformado al sobrepasar su límite, para luego, explotar de la misma forma que un globo de agua, solo que cambiando lo incoloro por un rojo muy vivo. Los ojos del muerto –aún de rodillas hasta que su cuerpo aceptase que ya no tenía vida- bizquearon en dirección al orificio que la bala le abrió en la frente. Fueron acercándose a él como quien intenta mirar un objeto que le va llegando a la vista, cada vez más cerca. Los brazos en cruz cayeron al vacío y rebotaron en los muslos; acto seguido, todo el cuerpo se desplomó.

            Su Dios lo había abandonado.

            Quien estaba detrás de Manuel, hizo con él lo mismo que el bruto anterior con el recién muerto, dejando que el pretendiente de Clarisa mirase al miedo de frente. Apareció en el campo de batalla con las manos vacías y la cabeza a bullir de pensamientos. Era un blanco perfecto.

            -¡Muévete! –le gritó el último en salir, sin detenerse.

            Manuel seguía reviviendo la muerte que había presenciado. El sonido invadía su cabeza; la sangre que había visualizado revoloteaba por su mente. Ante él, los cuerpos de los soldados caían de tres en tres, como fichas de dominó. Sus ojos veían disparos; sus oídos escuchaban explosiones; su cabeza, le prestaba atención al desbocado latido que le golpeaba el pecho, ausente del mundo real, sumido en el más puro terror.

            Quería llorar, tal vez gritar sin saber qué otra cosa más hacer. Morir pensando en Clarisa era una opción. Todos estaban muriendo, uno a uno, y él no sería menos.

            Dios abandonó a su compañero a pesar de haberle rezado durante más de treinta años. ¿Le abandonaría a él el amor de meses de existencia?

            No. Dios te lleva con él cuando mueres, pero el amor no muere nunca.

            El amor no abandona.

            -¡Pum!



8


Clarisa, caminando por las calles del pueblo, se sentía igual de envuelta que una mortaja arropando a un difunto. El ambiente era tétrico, y aunque no lo reconociese, podía apreciar el olor a muerte deambulando a su alrededor. Si en verdad el corazón es el símbolo del amor, y late y vive por la persona amada, debería alertar de la cercanía con el otro mundo, de ese instante en el que se tiene las horas contadas en el planeta Tierra. Lo que sentía en el pecho, no era ni más ni menos que una desagradable corazonada. La existencia de su futuro marido llegaba a su fin, sin modo de defenderse y rodeado de más seres que, como él, abrirían las puertas del cielo tras un último suspiro.   

            Sé que estás bien; sé que lo estarás, se decía, con la mano en el corazón. No tenía en el pecho la fotografía de Manuel, pero no era ella quien necesitaba protección.

            -Que todo pase pronto.

            Se sentó en el primer banco que encontró. No tenía frío, solo ganas de llorar.



9


Manuel tenía la negrura de un cañón delante de sus ojos. A pesar de que el arma solo contaba con un único ojo, perfectamente redondeado, mostraba un poder mayor que los del joven, mirando aterrorizados el punto exacto por el que podía salir su pase al otro mundo. Los dientes le castañeteaban al mismo tiempo que su obnubilado campo de visión, atento al agujero que lo apuntaba, captaban la sombra difusa de una amplia sonrisa.

            -El último soldadito –afirmó una de las dos bocas sonrientes que acompañaban al que portaba el arma. Tras ello, el pulgar se deslizó con suavidad por la culata del revólver que apuntaba a Manuel, sonando un “criiií-k”en el tambor, como la media vuelta de una carraca.

            El sentenciado a morir veía cómo el dedo de su supuesto asesino acariciaba el gatillo. A su lado, los otros dos, uniformados como él, reían a mandíbula batiente.

            -La victoria es nuestra –dijo el segundo.

Manuel se llevó la mano al pecho; halló la fotografía con el tacto y la estrujó en su palma. El corazón le latía más que nunca. Sabía que era el final, que su eterno amor terminaba ahí, sin remedio. Moriría en compañía de su amada, como siempre había querido morir, solo que muy lejos de su ilusión de vida.

            Te cuidaré siempre. Una estrella en el cielo estará pendiente de ti.

            Su pecho subía y bajaba, dando la sensación de que el tronco fuese a salir despedido, dejando a las piernas como dos picas clavadas en el suelo. Bajó los párpados, los apretó fuerte y, mientras pensaba por última vez en Clarisa, una bala en el corazón se encargó de romper el amor, y para siempre.

            -¡Misión cumplida! –vociferó el asesino. Los otros dos lo celebraban con saltos y aplausos.

            Dios vencido por el demonio; el cielo derrotado por el infierno. El amor… Roto.



10


Nada más morir Manuel, el corazón de Clarisa reaccionó ante lo ocurrido. Una corazonada actuó como el cerebro a la hora de dar una orden. La chica botó en el banco igual que se acabase de despertar de una fuerte pesadilla.

            -No –negó, asustada.

            Se llevó la mano al pecho. Sentía el latido muy acelerado, pero además, frío, repartiendo una gélida sensación al resto del cuerpo.

            Se incorporó por un acto reflejo, sin saber el motivo. Tenía claro que algo no iba bien, pero desconocía el qué. Miró a un lado, a la vez que de su boca se escapaba un gemido de angustia. La nubecita del aliento ya no se entrelazaba con el de Manuel; y cuando miró hacia el otro lado, tampoco. A partir de ahora ya no habría besos, ni caricias, ni palabras bonitas ni deseos; solo pena y, era más que probable, que también esas lágrimas que no quería que recorriesen las mejillas de su chico. Seguro que ella las derramaría al conocer la noticia.

            Su amor estaba muerto. El sueño se había convertido en pesadilla.

            Echó a correr.



11


Mauro daba pasos de gigante por la cocina. Se refería a su hija entre protestas a viva voz.

            -¿Tú te crees que yo puedo consentir esto, Adela? Si yo le digo eso a mi padre, ¡me cruza la cara! Niña malcriada… -Sacó un fósforo de la caja de cerillas que utilizaba su mujer para encender la lumbre y encendió un cigarrillo; dio una calada con voluptuosidad, con ansia viva. El pitillo, menguando en una protesta candente, reflejaba la cólera que recorría las venas de Mauro-. ¡La mato! –añadió-. Como vuelva a levantarme la voz, como tan solo tenga el valor de intentarlo, te juro que te quedas sin hija. ¡Por la madre que me parió que te quedas sin ella! –Tiró el cigarro. Adela se estremeció, igual que si hubiese sentido partirse un vaso de cristal delante de su contenido silencio.  

            La puerta se abrió de par en par. Clarisa entró después de dar un fuerte empujón a la madera. Los padres, ambos estremecidos tras el estrépito, denotaban preocupación en los ojos de su hija, y así era.

            -¿Qué ha pasado? –Podía ser la pregunta de una madre asustada al ver así a su pequeña; pero no, la pregunta la formuló Clarisa. Deseaba conocer el motivo de su corazonada.

            -Aún nada –respondió Mauro, atravesándola con ojos asesinos-, pero se te van a quitar las ganas de faltarm…

            -¿Dónde está la abuela? –le interrumpió.

            -Aquí, hija –dijo la anciana, dirigiéndose allí con sobreesfuerzo. Sus piernas se revelaban contra el resto del cuerpo, empeñadas en resaltar sus ochenta y muchos años en un costoso caminar. De nada servía mostrarse alegre y jovial. Ellas no mentían.

            Clarisa se preocupó más al ver a todos bien, lo que indicaba que con el sobresalto que había sufrido, el afectado era…

            No, negó para sí misma.

            -¿Se puede saber qué te ocurre? –preguntó Adela. La chica no respondía. Tenía los ojos fijos en el deteriorado hule de la cocina, aunque no lo prestaba atención. Ya podía encontrarse allí una moneda de 25pts, que tampoco sería de gran importancia para ella; tan solo le importaban las imágenes que bullían en su cabeza. Veía a Manuel en apuros: petrificado, con la cabeza destrozada, rodeado de cadáveres y, también, formando parte de ellos.

            De poder elegir, siempre lo dejaría a él para el final, por ser lo que menos quería perder en su vida. La primera opción para los pensamientos agradables y la última para los terribles. Tocaba la segunda (por desgracia).

            -Pequeña, ¿te ocurre algo? –preguntó la abuela.

            -Manuel –balbució, sin modificar un solo gesto-. Manuel –repitió. Levantó la vista. En lo que su mentón ascendía, sus ojos dejaron caer lágrimas-. Me lo han matado.

            -Uno menos –espetó Mauro. Tanto su madre como su mujer, le enviaron una mirada de desprecio.

            Clarisa apretó los puños. Sus labios tiritaban mientras su pálida tez se teñía de rojo. Corrió hacia su padre y, una vez frente a él, cogió fuerzas y le propinó una fuerte y sonora bofetada. La agresión se escuchó en la cocina como el seco y a la vez picante contacto de dos palmas en un único aplauso.

            Los pies de Mauro no se movieron ni un simple milímetro, sin embargo, su cabeza se giró del mismo modo que la de un futbolista antes de rematar con la frente. Nadie se atrevía a decir nada, ni siquiera el propio afectado. Se llevó la mano a la mejilla dolorida mientras su hija respiraba con ajetreo; después, salió corriendo para desvelar el misterio. Lo intuía, pero tenía esperanzas de equivocarse.

            Vanas esperanzas.



*****


Clarisa recorría las calles en una carrera frenética. Llevaba el corazón destrozado, y sin embargo, las duras palabras de su padre ganaban la batalla a la tristeza. Era pura rabia. Se enjugaba las lágrimas con los puños, afanada en mantenerlos cerrados, haciendo cada vez más fuerza. Las venas que acompañaban a los nudillos eran como gruesos canutos; las uñas se clavaban en las palmas, pero no dolía. El que pudiera haberle ocurrido algo a su chico, sí; el dolor físico nunca duele cuando hay amor por delante. Quizá es por ello eso de que el amor lo puede a todo. A la chica podían partirle un brazo o una pierna, cualquier tipo de hueso, y miles de atrocidades mayores, que ninguna de ellas le dolería tanto como la pérdida de Manuel.

            Estás bien, mi amor. Tienes que estar bien, se decía, dirigiéndose hacia las afueras del pueblo.

            «No te abandonaré jamás, por mucho que tus padres no aprueben la relación. Eso tenlo por seguro, cariño», recordaba en boca de Manuel, y el beso de después, ambos fundidos en esa delicia pasional.

            «Quiero compartirlo todo contigo: mi vida, mi cuerpo, mis gustos… Soy todo tuyo, por y para siempre».

            «Mis lágrimas dejaron de sentir pena el día que te conocieron. Ahora todas son alegres, y aparecen cuando desean llorar de felicidad. Solo afloran cuando ven tu rostro feliz y a mí me invade la alegría. Todas quieren tenerte, por eso tu reflejo es su eterna existencia. Ya no existe la pena».

            Sí existía. Poco a poco, las palabras de Mauro iban perdiendo fuerza, y entonces, la tristeza se posicionaba como clara favorita, rendida ante el cansancio y un afectado corazón.

Mientras caía la tarde y el sol se escondía de una costosa mañana de trabajo, la  agonía tomaba el relevo, tornando el cielo con el empobrecido color de la derrota. No existe un color que pueda definirla con la vista; no obstante, el sentimiento de un corazón roto, se asemeja al tono oscurecido del firmamento. Una persona enamorada que ha perdido o creer haber perdido a su amor, se siente abatida, tan solo arropada por colores fríos; una persona que dice ser feliz y lo tiene todo, su vida se jacta de tonalidades cálidas. He ahí el contraste del ánimo primaveral y el decaimiento otoñal, y el cómo afecta el cambio a los seres humanos. Con el amor y la muerte, ocurre lo mismo.

Clarisa seguía corriendo. Atrás, a unos cincuenta metros, había dejado el pueblo para adentrarse en un camino de tierra seca; doscientos metros más adelante (aproximadamente) podía verse el comienzo de una larga carretera. Sin pensarlo, el misterio la empujaba en dirección al encuentro de su novio; era como una especie de sonámbula caminando sin conciencia. Su corazón era una brújula infalible: no se equivocaba nunca. Señalaba todo recto, en un recorrido al aire libre, pero tan agobiante como las estrechas paredes de esa pasarela a la que llaman “túnel de la muerte”. 

Equivócate ahora, le rogó al corazón, suplicando para que no le hubiese ocurrido nada a Manuel.

Tropezó. Cayó de bruces y volvieron a brotarle lágrimas desconsoladas. Incrustó las manos en la tierra, escarbó con las uñas en un  lento movimiento de las falanges, como si sus dedos fuesen pinzas y, a la vez que profería un grito rabioso, lanzó al aire los puñados que había aprisionado. Repitió el proceso una y otra vez, llorando y gritando.

Agotada, y llorando en silencio, ya sin fuerzas para gritar, se dejó caer sobre la tierra.



12

            -¡Muévete, venga!

            (¡Zias!)

            El relinchar de un caballo maltratado despertó a Clarisa, hasta el momento aturdida sobre la tierra. Sus párpados fueron saludando al mundo, muy deprisa, tanto, que parpadeaban sin lograr mantenerse abiertos.

            -¡No tenemos todo el día, maldito!

            (¡Zias!)

            Logró mantener los párpados abiertos, y gracias a ello vio que se acercaba un carruaje. Pero no un carruaje cualquiera, sino “el carruaje”. Este traía los cadáveres de los solados. Cuando Clarisa se percató de ello, sus párpados se abrieron tanto que nada podía cerrarlos.

            Corrió hacia allí.

            -¡Deténganse! –gritó.

            -¡Pero qué…! ¡Soooo!

            Clarisa se puso en medio y no les quedó más remedio que parar.

            -¡¿Qué haces, cría?! –Uno de los dos conductores se incorporó y llevó la mano a su revólver.

            -Espera –dijo su compañero. La joven miraba a ambos-. ¿Qué quieres? –añadió.

            -A… ahí… -Señaló el carruaje-. ¿Traen a los solda…dos muertos?

            -¿Para qué lo quieres saber? –preguntó el del arma.

            -Para saber si Dios existe –respondió-. Si es así, mi prometido no estará en el montón.

            -Ya… -dijo el otro-. Y quieres comprobarlo, ¿no?

            -Déjenme verlo, por favor.

            -¡Pero bueno…! –El del arma se bajó de un salto y se dirigió hacia la joven-. Mira, pequeña zorra –Ella le miraba sin emitir un gesto-, llevo un día de perros. Todos llevan furgonetas y a mí me toca recoger lo que ya no sirve de más y más muertos. Estos dedos han recogido más tripas que un carnicero; y, ¿sabes qué quiero? –Ella no respondió-. Quiero llegar a casa y desahogarme con mi señora. Así que ponte firme, aprieta las nalgas y ve pasito a pasito por donde has venido. Me estás estorbando.

            -Si fuese su esposa una de esos cadáveres, ¿le gustaría verla? –preguntó ella, muy serena.

            -¿Cómo? –Colocó el arma en la cabeza de la joven-. Creo que no te he escuchado bien.

            -Lo ha hecho, sí. Dispare si tiene que disparar –le dijo, igual de serena que antes-. No le tengo miedo a mi muerte.

            -¿Has oído, Jacobo? –le preguntó a su compañero, sin apartar el arma ni dejar de mirar a Clarisa-. No le tiene miedo a su muerte. Nos ha llegado una putita con cojones, y de estas no se ven todos los días.

            »¿Y a qué le tienes miedo?

            -A la muerte de mi prometido –respondió-. Si él ha muerto, no me importará morir porque ya estaré muerta.

            -Pero… ¿Tú estás escuchando, Jacobo?

            -Sí –afirmó, bajando del carruaje-. Tengo oídos desde hace cuarenta y dos años.

            »Ven conmigo, muchacha.

            »Baja el arma y deja que venga conmigo.

            El otro obedeció, la chica quedó libre y se acercó allí.

            -Estos han sido los últimos en morir –le dijo, llevándola hacia la parte trasera-. Habrá como diez cuerpos. ¿Ves al tuyo?

            Clarisa quedó inmóvil. No veía precisamente a Manuel, pero sí su tronco. Su cabeza estaba aplastada por el peso de otro cadáver que, bocabajo, ocultaba el rostro que tantas veces había besado ella. Las piernas también permanecían ocultas tanto al mundo como a sus ojos, ya obnubilados en lágrimas dolorosas, de esas que nadie desea tener que ver nunca salir de sus ojos. Y es que… ¿Quién no firmaría por no ver nunca la muerte del amor de su vida?

            Un bolígrafo con urgencia para firmarlo.

            Era el pecho, ese que tanto deseaba haber podido tocar sin ropa de por medio, en las noches, en los días… Siempre. Tocarlo, besarlo. Todo; pero ya no era posible.

            Clarisa se derrumbó, de rodillas. Su llanto no escuchaba las palabras del hombre.

            -Venga, regresa a tu casa –le dijo.

            Ella seguía llorando sin consuelo alguno. Ya no lo tendría jamás. Todo había terminado.

            -Vamos, niña. Levántate.

            Lo hizo, pero corrió al lateral del carruaje, y allí, introdujo su brazo como pudo para tocar el pecho de su chico. Sabía que era él porque podía ver la fotografía a través del boquete.

            -Te han matado, mi amor –Sus lágrimas caían como la sangre que había escurrido por el orificio de muerte-. ¡Te han matado! –Sacó el brazo para agarrar los finos barrotes de madera; los agarró también con el otro y comenzó a zarandear el carruaje, entre gritos y sollozos.

            -¡Vamos, chica! –gritó el hombre-. ¡Ya está bien!

            -¡Le prometí que no le ocurriría nada! –vociferó-, ¡que si pensaba en mí regresaría sano y salvo!

            -Está muerto, muchacha. Nada que hacer.

            -¡Es el amor de mi vida! –volvió a gritar-. Deje que lo bese, por favor –Sus ojos se convirtieron en dos perfectas bolas ansiosas. Entrelazó los dedos como si fuera rezar, y en cierto modo, lo hacía entre súplicas-. ¡Se lo ruego!

            -Vámonos, Jacobo. Me está poniendo enfermo.

            -No, ¡no! –Clarisa tropezó al intentar agarrar al tal Jacobo y cayó al suelo-. No se vayan. ¡Déjenme despedirme de ÉELLLL!

            -¡Arre!

            La chica intentó agarrarse, y unos centímetros, unos malditos centímetros, evitaron que lo consiguiera.

            -¡Nooooo! –Lloraba, rabiosa-. ¡Devuélvanmelo!

            El carruaje se fue. Clarisa quedó llorando en mitad de la nada.

            Mi amor.



13


-Tu hija me ha puesto la mano encima –le dijo Mauro a su esposa-, y eso no se lo consiento. ¡A su propio padre! –Se incorporó, repleto de ira. En ese instante, la puerta se abrió y entró Clarisa. Sus tres familiares vieron la imagen de una muerta en vida.

-Pequeña… -dijo la abuela.

La chica caminaba como si sus pies pesaran toneladas, no fuera capaz de levantarlos y tuviera que llevarlos arrastras. Paso a paso, completamente desganada.

-¿Qué ha ocurrido? –preguntó Adela. Pero su hija no respondía. Se fue a su habitación.

-Hablaré con ella –dijo la abuela a la vez que se incorporaba.



14



Clarisa lloraba encima de la cama. Hundía la cabeza en la almohada al mismo tiempo que le propinaba un duro castigo con los puños. Con cada grito, esta le devolvía una cálida bocanada de su propio aliento, tan hirviente como la sangre que recorría sus venas.

            -¡Me lo han matado! –Otro golpe-. ¡¡YA NO LO TENGOOOO!!

            Se incorporó de un salto, y de rodillas comenzó a arañar la almohada, clavando las uñas hasta lo más profundo que podía.

            Recordaba los besos

            (Arañazos)

            Las veces que tenían que esconderse y el profundo odio que sentía hacia el amor que no habían podido disfrutar

            (Más arañazos)

            «Quiero compartirlo todo contigo: mi vida, mi cuerpo, mis gustos… Soy todo tuyo, por y para siempre».

            -Ya no, cariño… ¡YA NOOO! –Tiró la almohada contra la pared, y ella se dejó caer, llorando sin fuerzas para gritar de dolor.

            «Mis lágrimas dejaron de sentir pena el día que te conocieron. Ahora todas son alegres, y aparecen cuando desean llorar de felicidad. Solo afloran cuando ven tu rostro feliz y a mí me invade la alegría. Todas quieren tenerte, por eso tu reflejo es su eterna existencia. Ya no existe la pena».

            Pero había vuelto la pena, tan solo se tomó un tiempo de descanso para que se magnificara un amor por destino, y que sus dos almas vivieran felices (mientras no estuvieran presentes los padres) el tiempo que duró.

            -Me quiero morir –dijo-. Quiero morir contigo, mi amor.

            La abuela entró. Al verla, Clarisa volvió a llorar con fuerza.

            -Ay, pequeña –dijo la anciana-. ¿Qué te ocurre?

            -Que Ma… Manuel –Hizo una pausa-. Me lo han matado, abuela –La señora bajó la cabeza, apretando los párpados con fuerza-. Le prometí que yo sería su escudo, que él regresaría y entonces los dos… -Se echó a los brazos de la abuela.

            -Lo siento, cariño. Te dije que esto podía ocurrir.

            -¡Me quiero ir con él! –gritó Clarisa.

            -No, cielo. La muerte no llega nunca cuando uno la quiere –explicó-. Ahora no es tu momento.

            -¡Sí es mi momento! –Se incorporó-. Yo he tenido la culpa.

            -¡No! –protestó la abuela-. ¿Cómo puedes decir algo así?

            -Porque… -La joven agachó la cabeza; después, prácticamente susurrado, mientras la congoja aprisionaba su garganta, añadió-: él era mi amor, abuela –Volvió a llorar-. Él me amaba de verdad, tanto como yo a él. Nuestros corazones latían unidos, el uno para el otro –La abuela escuchaba-. Quería que regresara de la guerra para por fin poder irme a vivir con él, amarnos sin ningún impedimento: sin padre, sin madre, sin lo que dijera la gente… Ser felices los dos, sin nadie más en el mundo.

            »Vivir junto al amor de mi vida, abuela –Levantó la cabeza-, y compartir esta con él. Aho… -Volvió a llorar-… ra todo se acabó. Me lo han asesinado y no lo pude besar por última vez.

            »¡Tenía el corazón reventado, abuela! ¡Y ahí me llevaba a mí! ¡No se separó de mi foto en ningún momento, PORQUE YO ESTABA EN SU CORAZÓN!

            Se dirigió corriendo hacia la ventana. La abuela se levantó lo más rápido que pudo.

            -Ya no está, abuela… ¡¡YA NO ESTÁ!! –Se derrumbó.

            -Cariño…

            -Ay, que me lo han matado, abuela –decía desde el suelo, sin fuerzas-, que me lo han quitado para siempre.

            -Levántate, pequeña. Venga, cariño.

            -Ay, mi amor… Que ya no está, abu…ela. Mi amor ya no está.  

            -Lo amabas mucho, cielo. Mucho –Clarisa no podía responder-. Sé que sí. Y él a ti también, muchísimo. ¿Estás segura de que quieres morir? -Clarisa asintió-. ¿De verdad?

            -Sí –afirmó, con un suspiro-. Yo ya no tengo vida, abuela.

            -Sí, sí la tienes. Hay una solución.

            -¿Qué?



15



Manuel tenía la negrura de un cañón delante de sus ojos. A pesar de que el arma solo contaba con un único ojo, perfectamente redondeado, mostraba un poder mayor que los del joven, mirando aterrorizados el punto exacto por el que podía salir su pase al otro mundo. Los dientes le castañeteaban al mismo tiempo que su obnubilado campo de visión, atento al agujero que lo apuntaba, captaban la sombra difusa de una amplia sonrisa.

            -El último soldadito –afirmó una de las dos bocas sonrientes que acompañaban al que portaba el arma. Tras ello, el pulgar se deslizó con suavidad por la culata del revólver que apuntaba a Manuel, sonando un “criiií-k”en el tambor, como la media vuelta de una carraca.

            El sentenciado a morir veía cómo el dedo de su supuesto asesino acariciaba el gatillo. A su lado, los otros dos, uniformados como él, reían a mandíbula batiente.

            -La victoria es nuestra –dijo el segundo.

Manuel se llevó la mano al pecho; halló la fotografía con el tacto y la estrujó en su palma. El corazón le latía más que nunca. Sabía que era el final, que su eterno amor terminaba ahí, sin remedio. Moriría en compañía de su amada, como siempre había querido morir, solo que muy lejos de su ilusión de vida.

            Te cuidaré siempre. Una estrella en el cielo estará pendiente de ti.

            Su pecho subía y bajaba, dando la sensación de que el tronco fuese a salir despedido, dejando a las piernas como dos picas clavadas en el suelo. Bajó los párpados, los apretó fuerte y, mientras pensaba por última vez en Clarisa…

            Sonaron dos disparos, pero ninguno fue dirigido hacia él. Cuando levantó los párpados, vio cómo los acompañantes del que portaba el arma caían como dos sacos de patatas, y su asesino, se quitaba la bufanda, diciendo:

            -Misión cumplida.

            -¡Clarisa! –gritó Manuel, y rápidamente se acercó a besarla.

            Era ella, sí. Gracias a su abuela, había viajado en el tiempo, justo al momento exacto en que su amado perdía la vida. Pero ya no.

            -Pe… pero… ¿Qué ha…?

            -Shhhh –Le tapó los labios-. No hay tiempo. Acompáñame.

            Los dos se fueron.



16


Detrás del camión había una puerta. Clarisa agarró de la mano a su prometido, y al cruzarla, aparecieron en casa de la chica. La abuela los esperaba.

            -Pero… ¿Qué está sucediendo aquí? –preguntó él, confuso, alucinado.

            -Hola de nuevo, hijo –le dijo la abuela.

            -No digas nada –dijo ella-. Solo bésame, mi amor –Le abrazó-. Creí que nunca más volvería a verte. Al princi (muac) pio (muac) sí moriste (muac) –No podía hablar bien con tanto beso-, pero hemos retro (muac) cedido en el tiempo gra (muac) cias a mi abuela y… ¡Estás vivo, mi amor! –Se lo comía a besos.

            -Tengo ochenta y seis años, hijo –le explicó la abuela-, pero a pesar de haber nacido en 1850, he vivido en 1900, en el año 2000, el 2010 y hasta en 2036.

            -¿Cómo? –Se sorprendió. No daba crédito.

            -Por eso mi abuela siempre fue tan moderna.

            -Así es –confirmó la anciana-. Mi marido diseñó una puerta del tiempo: esa por la que acabas de pasar ahora mismo, ya sano y salvo. Hace muchos, muchos años.

»A veces me paso el día en 1993, allí tengo varias amigas con las que divertirme, y regreso por la noche, sin que mi familia se entere.

-Pe…

-Créetelo, mi amor –dijo Clarisa-. Ahora estás vivo, nos casaremos y nadie nos separará jamás –Le tocó el pecho, en donde seguía su fotografía, intacta-. Ya nunca más tendrás que mirarme en foto, porque no me apartaré de ti, y así por los siglos de los siglos.

-Eso sí –intervino la abuela, interrumpiendo un beso querido-. Tenéis que marcharos de 1936. El destino de Manuel era morir.

-Pero el amor lo puede todo –dijo Clarisa.

-Y, ¿adónde iremos? –preguntó el joven.

-A 1993. ¿O es que queréis separaros de mí? –rio la abuela.

-Allí conoceré a mi abuelo, que nunca murió –dijo la chica.

-Así es. Menudo golfo está hecho…

-¿Y tus padres, cariño? –le preguntó Manuel a su chica.

-Mis padres me la sudan. ¡Ups! –Se llevó la mano a la boca, sorprendida. No sabía lo que había dicho-. ¿Qué he dicho, abuela?

-Significa que… -Hizo una pausa-. Nada. Cuando viajas en el tiempo, a veces se alteran cosas.

»Os dejo solos. Más tarde nos veremos en otro año diferente. Y tú, hija, cámbiate esa ropa o se te cortará la circulación.

Clarisa llevaba los senos ocultos bajo varias capas de vendas. Todo con tal de no ser descubierta por los soldados.

-Me voy en lo que te cambias.

-Che, che, che –Le detuvo ella-. Quieto aquí, que ya va siendo hora de que me veas. Ve acostumbrándote.

Manuel tragó saliva.

-Sí que se altera el tiempo, sí.

Clarisa rio.

-Por fin solos, mi amor –dijo ella.

-Sí. Y ahora que estamos solos… ¿Cuál era el misterio del que me hablaste? Me enviaste una carta sin sello, y decías que en mi regreso me dirías por qué.

-Claro que sí –Le rodeó con sus brazos-. Una carta sin sello, para ahora sellar nuestro amor.